(Mt 5, 1-13) EL EVANGELIO se mueve constantemente entre lo más sensato y razonable, y la propuesta más radical de vida para vivir en plenitud. Jesús, siguiendo la tradición bíblica, exhorta a sus discípulos a ser prudentes y a no poner la vida ni en el afán por el dinero, ni en el qué dirán, ni en una vida superficial y vacía. Aconseja hacer el bien a todos y a sembrar la paz; nos invita a una vida de trabajo sencillo y de amor con la familia, con los amigos y con los más pobres.
Pero cuando se trata de amor, no hay prudencias que valgan. Amor, amor y solo amor es lo que llena de plenitud el corazón de la persona. Él lo sabe y lo vive, y así se lo enseña a sus discípulos. A la llamada del Señor que nos ama y nos invita a amar anunciando el Evangelio, los discípulos lo dejan todo y lo siguen. Ante el rencor, amor a los enemigos; ante la violencia, la oración de bendición.
Actuar con prudencia y sensatez es necesario; pero toda nuestra inteligencia y razón, todos nuestras inclinaciones y gustos han de estar al servicio del amor más grande. Sin amor somos campana que retiñe o címbalo que resuena y que acaban en nada.
Sé prudente en todo; y esa prudencia empléala en amar a quien debes amar, por el amor de quien es el Amor. Nadie vive con más felicidad que el que entrega su vida por amor. Es este el don más grande que Dios nos entrega como pan en la oración de cada día.




























