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(Jn 1, 29-34) MUCHOS PUEDEN criticar a la Iglesia, y en sus críticas tienen parte de razón. Muchos pueden criticar nuestra manera de vivir la fe cristiana por tibia, incluso por hipócrita; y tendrán bastante razón. Pero cuando centran su atención en Jesucristo, las críticas se silencian y se abre la puerta de la admiración.

La valentía y la prudencia; la justicia y la misericordia; la preocupación por los últimos y el perdón al pecador; la capacidad de servicio olvidándose de su propia vida; la sabiduría que todos entienden y que a todos desborda; la coherencia vital entre lo que dice y lo que hace; su humildad que descoloca, y a la vez su pretensión de ser el camino y la verdad y la vida… Todo en Jesucristo llama a una admiración que nos introduce en el silencio.

Ninguna filosofía llegó a una verdad tan alta y tan profunda; ningún sistema político pudo soñar una transformación tan profunda de la sociedad cuando es su Espíritu el que nos conduce; ningún artista pudo reflejar tanta belleza como trasmina su persona en el Evangelio. Jesucristo es el cordero sin mancha que quita el pecado del mundo.

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No somos cristianos por nuestras virtudes, ni siquiera por las virtudes de la Iglesia. Nuestra fe se fundamenta en una persona que mirándonos a los ojos nos muestra nuestra verdadera realidad en sus pupilas. En tu mirada todos nos hacemos más amables y buenos. ¡Ten piedad de nosotros!

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