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(Mt 3, 1-12) TODAS LAS ÉPOCAS de la historia de la Iglesia tienen su Juan Bautista. La fe parecía languidecer; la hipocresía y los intereses creados parecían haberse adueñado de los representantes de la institución religiosa; el pueblo, con un anhelo latente de verdad, se alienaba en lo cotidiano.

Pero Dios siempre suscita, de una manera u otra, a alguien que viviendo en pobreza y cerca de los pobres anuncia la verdad del Evangelio.
En un tiempo fueron los monjes los que, como Juan, se fueron al desierto para renovar a la Iglesia. Después, Francisco de Asís, entre otros, acogió la llamada a vivir pobremente, cerca de los pobres, anunciándoles el Evangelio… Religiosos, laicos, sacerdotes, hombres y mujeres de Dios han retomado constantemente el testigo de preparar el camino del Señor en el seno de su pueblo. Hoy también necesitamos hombres y mujeres que levanten la voz para hacernos mirar nuestra vida con esperanza.

Necesitamos comunidades de creyentes que en su vida cotidiana sean testigos de la honestidad desde la pobreza, de la fe con esperanza, de un amor que, llenándose de Dios, se preocupa por el pobre.

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Juan Bautista se fue al desierto a convocar al pueblo de Dios a la esperanza de la venida del Mesías.

¿Quién acogerá hoy el testigo de anunciar una fe sincera, sin hipocresía, sin orgullo, sin que la cultura en la que vivimos la ahogue en la superficialidad?

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