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(Lucas 23,35-43) TODA PEREGRINACIÓN es un camino en el que se anhela el encuentro con el Señor. Un encuentro que parte de una actitud de humilde conversión y de reconocimiento de nuestros pecados; que avanza por la cercanía fraterna con quien sufre, con los más pobres; que culmina en el encuentro comunitario con la vida y el amor desbordante del Padre en su Hijo Jesucristo, que el Espíritu hace realidad en el sacramento de la Eucaristía.

El Señor es un rey especial; tiene y quiere tener un poder especial; es juez, también de una manera especial. Su manera de reinar consiste en servirnos y entregarse por nosotros; su poder se manifiesta en el perdón que nos convierte y nos transforma desde nuestra libertad; su juicio es siempre de una misericordia desbordante, que tiene sed de nuestra acogida. Encontrarnos con este Señor, rey del universo, es vivir una profunda alegría, un inmenso júbilo. Solo quien lo ha experimentado lo comprende.

La cruz es el símbolo de los cristianos porque es el lugar donde el amor de Dios se mostró con mayor nitidez y hondura. En su cruz somos juzgados con misericordia, nuestro corazón se transforma y nos encontramos con un Dios que se entrega, en cuerpo y alma, por nosotros.
Caminar hacia el Señor, como iglesia peregrina, es ya vivir la alegría de los pobres evangelizados que buscan anunciar con su vida el Evangelio.

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