VIVIMOS EN UNA época de alarmismos exagerados por temas marginales; quizás para que no nos preocupemos de los temas importantes. En política y en la sociedad, muchos temas no mayores ocupan portadas y a los tertulianos; pero que las familias obreras son cada vez más pobres; que las muertes en el puesto de trabajo alcanzan cifras insoportables; que las pantallas está perjudicando gravemente a los niños, a los adolescentes y a los mayores; que se está minando la calidad democrática del estado español; que cada día asesinan a creyentes cristianos por su fe en decenas de países en Asia y África… Solo aparece fugazmente en la opinión publicada.
El papa León XIV, el prudente, nos alienta a lo importante: a amar al prójimo, sobre todo al que está en situación de debilidad; y cooperar con Jesús, como María, con la tarea de la salvación. Por desgracia, ni el mismo papa se libra de los que inducen alarmas ficticias opacando la necesidad del trabajo cotidiano y de la evangelización de cada día.
Las dos columnas de la Iglesia son Pedro y Pablo; uno trabajador del mar, el otro trabajador del cuero. Eso nos invita a alentar con nuestro trabajo cotidiano, lúcidamente y sin alarmismos, la vida, el bien y la justicia; nos invita a alentar la esperanza en un mundo que la necesita tanto como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto para ser y, en tanto somos, dar un sí que glorifique, a Dios y a nuestros hermanos.




























