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(Juan 2,13-22) LA VOCACIÓN de san Francisco de Asís, así como el desarrollo de toda su vida y misión, es profundamente iluminador, reflejando una sinceridad y una ingenuidad que trasminan pureza y autenticidad. Experimentando una fuerte llamada de Dios, en la capilla abandonada de san Damián escucha, por fin, lo que Cristo le pide: “Reconstruye mi Iglesia”. Él piensa que Cristo le pide que repare aquella capilla deteriorada, y comienza a hacerlo con una dedicación y con una ilusión que contagiaba. Poco a poco se dio cuenta que la Iglesia que había que reconstruir no era un edificio pequeño, sino el Pueblo de Dios, que estaba deteriorado por la avaricia y el orgullo de los clérigos, que habían abandonado a la gente sencilla para vivir en la opulencia.

Francisco reconstruye la Iglesia desde el dinamismo de la Encarnación del Verbo de Dios, es decir, haciéndose pobre y trabajador, compartiendo la suerte de los más humildes y compadeciéndose de los que más sufrían, de los leprosos. Su vida y su lenguaje sencillo hacían más nítido el mensaje del Evangelio. No hablaba a los pobres de Cristo, caminaba con ellos hacia el encuentro del Señor, haciendo en ese camino casa y hogar con ellos.

Hoy también necesitamos a jóvenes que escuchen la llamada del Señor a hacer de nuestras iglesias, casas, hogares para los sencillos, donde se comparta el pan y el Evangelio con los pobres.

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