LA REVELACIÓN de Dios en la Primera Alianza es preparación para la manifestación plena de la verdad en la muerte y resurrección de Jesucristo. Así, en los textos más antiguos, el Antiguo Testamento no conoce la resurrección de los muertos; y transmitían que la recompensa que Dios tiene para los fieles a su palabra se tenía que dar en esta vida, y solo en esta vida, para la persona y sus descendientes. Pero la experiencia cotidiana era profundamente disruptiva con esta creencia: muchos hombres buenos encontraban una muerte prematura, sin haber disfrutado, como esperaban, de los bienes de Dios, incluso sufriendo por haber sido fieles a Dios y a sus mandatos.
El prototipo de hombre bueno al que la vida maltrata hasta parecer que se ensaña con él es Job. Y es él quien pronuncia esta sentencia llena de esperanza: “Yo sé que mi Redentor vive, y que al final de los días levantará mi piel en descomposición; y yo, en mi carne, veré a Dios. Yo mismo lo veré; mis ojos, y no los de otro, lo verán.” Una esperanza que se vio colmada y desbordada en Jesucristo.
No es solo que nuestros ojos, en nuestra carne, verán a Dios; es que lo veremos desde una comunión tan profunda con la vida y la plenitud de Jesucristo que formaremos con Él un solo cuerpo. Nuestra carne, comunión e intimidad con los nuestros, será rescatada y plenificada para vivir un amor tal, que en esta vida solo nos atrevemos a anhelar.




























