(Lc 11, 27-28) MIL AÑOS antes del nacimiento de Jesucristo, el rey David consolidó la institución de la monarquía en el pueblo de Dios. Fue David un hombre, como todos, con luces y sombras. Pero fue haciéndose bueno y justo desde su fe en el Señor, y los valientes consejos y admoniciones de Natán, el profeta. Una de las decisiones más lúcidas y fructíferas de su reinado fue la de sacralizar a Jerusalén, la capital del reino, con el Arca de la Alianza donde se guardaban las Tablas de la Ley. Ese gesto ponía a su reinado y a Jerusalén en el horizonte de la bondad y la justicia del Dios de la misericordia y del Señor de la historia.
También nosotros, pueblo de la alianza nueva y eterna, nos alegramos de poner a María, arca de la Alianza, como luz que queremos que ilumine todo nuestro caminar. El arca contenía unas leyes grabadas en piedra; María contuvo en su vientre al Hijo de Dios, el amor de Dios mismo hecho carne por nosotros. ¡Cuánto bien nos hace a las personas y a los pueblos contar con ejemplos vivos de la valentía, la humildad, la fe, el amor y la solidaridad que queremos vivir! Que todos los países hispanos tengamos a María de Nazaret como estrella que queremos que nos guíe, que ofrece a nuestra historia la esperanza de contar siempre con su ejemplo y su protección.
“María de Nazaret, que nuestras familias y los responsables de nuestros pueblos y de la Iglesia, te tengamos siempre a ti como modelo e inspiración.” ¡Cuánto cambiarían las cosas si en verdad fuera así!




























