El voto de 1800

La promesa del pueblo a la Virgen de Valme.

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Se cumple este año el CCXV aniversario del Voto que tanto el pueblo como el clero de Dos-Hermanas hicieron a Nuestra Señora de Valme con motivo de la terrible epidemia de fiebre amarilla desatada en el año 1800. Entiéndase “voto” como una promesa que se hace a Dios o a la Virgen en gratitud por haber obtenido una determinada gracia. En aquellas lejanas épocas era frecuente este tipo de prácticas. Recordemos si no, el caso del conocido como “Rocío Chico” de Almonte, que no es más que la renovación anual del voto que la villa almonteña hizo a la Virgen del Rocío en 1813 en acción de gracias por haberse librado esa localidad onubense del castigo de las tropas napoleónicas. A diferencia del voto de Almonte, que todavía hoy se celebra, el que hicieron nuestros antepasados cayó pronto en el más absoluto de los olvidos. Ni la escritora Cecilia Böhl de Faber, “Fernán Caballero”, tan meticulosa a la hora de registrar cuantas tradiciones y costumbres existían en Dos-Hermanas, especialmente en torno a sus imágenes más devocionales, supo de su existencia, ni la hermandad de la Celestial Protectora tras sus varias reorganizaciones en el siglo XIX tuvo la intención de recuperar aquel trascendental Voto, único caso que se ha dado en la Historia de Dos-Hermanas.

Un hecho trascendental ocurrido en el referido 1800 provocaría el Voto a la Virgen de Valme: la grave epidemia de fiebre amarilla, llamada así por el color amarillento que toman los enfermos a causa de la ictericia. Del desarrollo de esta enfermedad, conocida también como vómito negro o plaga americana, en Dos-Hermanas hablamos de manera extensa en un artículo publicado en la revista “Romería” en 2016, por lo que a él nos remitimos. No obstante, diremos que antes de traer la imagen de la Virgen de Valme desde su ermita de Cuartos, el 8 de septiembre “se celebró una fiesta en culto y veneración de Señora Santa Ana, María Santísima del Rosario y Señor San Sebastián con misa cantada, vestuarios, sacramento y sermón por la mañana y proseción en la tarde por las calles del pueblo con las dichas Ymágenes y Su Magestad manifiesto en la custodia”. Como se puede observar, se hizo todo con la mayor solemnidad para así conseguir la clemencia de Dios (no olvidemos que las epidemias eran consideradas castigos divinos por los pecados cometidos por la humanidad).

Pero fue en vano, pues la epidemia, lejos de remitir, continuaba imparable ante la impotencia de las autoridades locales, que no acertaban a combatirla. El número de muertos y contagiados continuó siendo alto, falleciendo entre otras personalidades el escribano público de la villa Francisco José de Rivas y su esposa, el cura don Martín Ruiz Durán, el arcediano de la catedral hispalense, Rodrigo de Sierra e Illanes, y el hacendado sevillano don Antonio Maestre y Tous. Lo que son las cosas, estos últimos se habían trasladado desde Sevilla huyendo, precisamente, de la enfermedad.

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En ese estado de verdadera desesperación, se recurrió al traslado de la imagen de la Virgen de Valme. Dicho traslado se verificó el 12 de octubre de 1800, y a partir de ese día se dijeron diez misas dedicadas a la Virgen por la pronta recuperación de varios vecinos de la villa, misas que sirvieron de prólogo para la importante procesión que tuvo lugar el día 5 de noviembre de 1800. Años más tarde, “Fernán Caballero” se hizo eco de esta procesión con las siguientes palabras: “Refieren que había treinta y seis agonizantes en el lugar cuando en él entró la Virgen y que al pasar por las puertas de sus casas clamando cada cual lleno de fervor y de confianza: “¡Señora, Valme!” instantáneamente se aliviaron, sanando todos a poco, como lo atestigua la devota copla que aún hoy día cantan los moradores de aquel lugar: “En el día dos de noviembre / entró la Señora en su procesión / repartiendo do sí una fragancia / que a todo el enfermo la salud dio”. En la coplilla aparece claramente el día 2 de noviembre, cuando en realidad, la procesión se celebró tres días más tarde.

En cualquier caso, tras la solemne procesión por las calles de la población, la epidemia comenzó a remitir y muy probablemente a mediados del mes de noviembre de 1800 el Concejo, en representación de los vecinos de la villa, el clero y la hermandad de Valme efectuaron el referido Voto a Nuestra Señora de Valme, Voto que consistiría en traer la imagen a la villa cada año por el mes de octubre o noviembre para celebrar una solemne función principal en acción de gracias y una procesión por las calles de la población, para después llevarla nuevamente a su ermita de Cuartos. La función, por cierto, sería costeada, en principio, por el consistorio nazareno, aunque luego no fue así.

De todas formas, es difícil fijar la fecha exacta en que se hizo el mencionado Voto, dada la nula existencia de información al respecto. Ni en el libro de enterramientos que hemos examinado, ni en las actas capitulares de 1800 y mucho menos entre la documentación notarial de ese año existe acta o testimonio del Voto. Esto se debió, posiblemente, a la inexistencia en la villa de un escribano público que diera fe de los hechos. Recordemos que el que había, Francisco José de Rivas, falleció en octubre de ese mismo año a consecuencia, precisamente, de la epidemia. Tampoco existía notario apostólico alguno y el que de manera interina se hizo cargo de las escribanías pública y del cabildo, José Rubio-Barbero, apenas desempeñó sus funciones. El nuevo escribano público, Juan Nepomuceno Muñoz, accedió a las escribanías nazarenas en diciembre de 1800, poco tiempo después de hacerse el solemne Voto.

En los siguientes años, el Concejo, clero y hermandad de Valme debían renovar, en teoría, el Voto a la Virgen. Sin embargo, los diversos avatares que se produjeron a principios del siglo XIX (la Guerra de la Independencia, crisis agrícolas, nuevas epidemias, dificultades políticas de toda índole) hicieron que aquel se celebrase de manera intermitente y sin la solemnidad que requería: 1801, 1802, 1804, 1805, 1806, 1813 y 1814.

Ese 1814 sería el último año que se renovó el Voto a la Virgen de Valme, y tuvo lugar no en noviembre, sino el día 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción de María, siendo otra vez sufragada por la hermandad de la Celestial Protectora de Dos-Hermanas. A partir de entonces ni el consistorio nazareno contó con fondos suficientes para pagar los gastos que ese culto originase, ni la hermandad de Valme se encontraba en una situación mejor. Y sin estos dos pilares fundamentales, el Voto de 1800 estaba condenado a desaparecer, como por desgracia ocurrió.

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