(Lc 17, 5-10) MIRAMOS LAS NOTICIAS de los telediarios, y todo es violencia y corrupción, y niños sufriendo guerras que no entienden; escuchamos lo que ocurre a nuestro alrededor y nos preocupan el difícil presente y futuro de los jóvenes, las dificultades de las familias en las que ha entrado la enfermedad…; miramos hacia dentro de nosotros mismos y vemos la limitación y el pecado de cada día. Y parece que nos falta el aliento y la esperanza.
Es verdad que hay muchas cosas buenas en nuestra vida; es verdad que a veces solo miramos y recordamos lo malo, y tendríamos que purificar nuestra mirada y nuestra memoria; pero eso no quita en nada el sufrimiento de los inocentes, las injusticias que tienen que soportar los débiles. Y decimos: “¡Señor! ¿Hasta cuándo?”
La esperanza es una virtud de relación, como el amor y la fe. Amamos a alguien y nos sentimos amados por alguien. Creemos en la palabra de otra persona. La esperanza creyente también es “esperar en”, esperar en el Hijo. Todo el dolor y el absurdo de este mundo acabará en el abrazo de Cristo, que tiene siempre sus brazos abiertos para nosotros; toda la injusticia y la violencia se verán borradas de la faz de la tierra. Mientras tanto, nosotros, a hacer lo que tenemos que hacer; a trabajar, a orar, a amar a nuestros hermanos, a ayudar al más pobre; sin orgullo, sin victimismo; sabiendo que haciendo lo que tenemos que hacer encontraremos la paz de Cristo, esperanza nuestra.




























