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Tras casi cinco décadas dedicada a la pediatría, el doctor Bayardo José Martínez Rivas colgará su fonendoscopio el próximo día 31 de julio, con 81 años de edad. Toda una vida dedicada al cuidado de los niños y niñas, con vocación y con el único fin de lograr el bienestar de estos menores y de sus familias.

Nacido en Granada (Nicaragua), Bayardo José Martínez Rivas cambió las matemáticas por la medicina después del fallecimiento de su hija de seis meses. Se vino a Sevilla a estudiar la carrera y, tras especializarse en pediatría, comienza a trabajar en el Centro de Salud de Santa Ana en el año 1978. Una vez jubilado, en 2009, ha seguido vinculado a la medicina y la pediatría a través del Instituto Hispalense de Pediatría hasta este 2025.

“En Dos Hermanas me he sentido querido y reconocido, por lo que me retiro satisfecho”

¿Por qué decide venirse a España desde su Nicaragua natal?
Yo me vine a España en el año 1969 porque quería estudiar medicina. En mi país era más complicado estudiar y más caro. Aquí en España, con 23 años, estudiaba medicina por la mañana y trabajaba por la tarde en la Plataforma Artes Mutis, cobrando casa por casa almanaques y postales pintadas por personas sin brazos ni piernas, con la boca.

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¿Cuándo tuvo claro que lo suyo era la pediatría?
Fue a raíz de que falleciera mi primera hija, con seis meses, de una gastroenteritis. Yo tenía un buen trabajo como profesor de matemática superior y decido ahorrar dos años para venirme a España.

¿Cómo fueron sus inicios en la medicina, tras acabar la carrera en 1972?
Mi primer destino fue como médico de la casa de socorro en la pedanía de Guadalema de los Quinteros, en Utrera. Yo estudiaba por las mañanas la especialidad de pediatría y trabajaba por las tardes. Tras aprobar las oposiciones, en 1976, mi primer destino como pediatra fue en Paradas y en 1978 surgió la posibilidad de una plaza en Dos Hermanas.

¿Cómo recuerda su llegada a Dos Hermanas?
En aquel momento solo estaba el ambulatorio de Santa Ana, que se acababa de trasladar de la Plazoleta Menéndez y Pelayo a su sede actual de la calle Antonia Díaz. Éramos tres pediatras y 12 médicos generalistas. Trabajábamos con un cupo de pacientes diarios, durante dos o dos horas y medias en el ambulatorio y, luego, hacíamos visitas domiciliarias. Eran los primeros años de los ayuntamientos democráticos y en Dos Hermanas era alcalde Manuel Benítez Rufo.

¿Su trayectoria siempre la ha desarrollado en el Centro de Salud de Santa Ana?
Yo he trabajado en Santa Ana desde que conseguí plaza mediante concurso de traslado hasta mi jubilación en agosto de 2009. Podría haberme cambiado de centro, pero yo no quise, ya que si hay algo que me caracteriza es mi familiaridad con los pacientes, a los que trato de tú a tú, y los niños y niñas que, al tratarlo bien, al final eran como si fuesen mis hijos. No quería empezar de cero.

Supongo que ha perdido la cuenta, con una trayectoria tan extensa, de las familias a las que ha atendido. ¿Le siguen recordando a pesar del paso de los años?
Recientemente, estuve en el pantano del Palmar de Troya, haciendo fotos de la Vía Láctea, y había un grupo de personas que me reconocieron. Mis pacientes me buscan allá donde vaya, aunque esté en la medicina privada, como ahora. Al saber que me jubilo, muchos me dicen que qué van a hacer ahora.

«Aunque soy nicaragüense, me siento español y nazareno, la tierra que me ha acogido y hecho feliz»

¿Alguna anécdota que recuerde especialmente con tantos años de dedicación a la pediatría?
En todos mis años de trayectoria médica, puedo decir que nunca he firmado el certificado de defunción de ningún niño o niña. Yo soy cristiano y creo que Dios me ha puesto en alguna ocasión la mano encima. Recuerdo un día pasando consulta que vino una familia de la barriada de Los Potros con un niño con fiebre y la garganta muy roja. Una vez le puse el tratamiento y, cuando ya se iban, de repente, la madre se para y me dice que el niño tenía pintitas rojas en el cuerpo. Le retiré el tratamiento y la mandé al hospital porque el menor tenía meningitis, y le salvé la vida.

¿Se ha sentido acogido y querido en la ciudad de Dos Hermanas?
Yo sigo viviendo en Dos Hermanas, en la calle Manuel de Falla. Aquí me siento querido y reconocido por todo el pueblo, sobre todo por los niños y niñas, y eso es un orgullo. Tengo muchos amigos aquí y a los enemigos no los conozco. Me retiro satisfecho, aunque me entristece porque creo que podría seguir haciendo más, pero es un buen momento para dar paso a nuevas generaciones.

¿Se ha considerado un médico pediatra vocacional?
Totalmente. Yo venía de un país tercermundista y sé lo que sufre la gente cuando no puede tener acceso a una atención sanitaria. Yo no he sido pediatra para enriquecerme y lo primero es la salud de los niños y niñas. En la medicina creo que se ha perdido la parte humanitaria y, antes de ser médico, somos personas.

¿Por eso siguió trabajando tras jubilarse en el Sistema Público de Salud?
El día 8 de agosto de 2009 que me jubilé, me llamó el director del Instituto Hispalense de Pediatría para que trabajase con ellos. Yo tenía el Centro de Urgencias Bayardo, pero he estado trabajando desde entonces con el IHP hasta el próximo día 31 de julio que me retire, en su centro principal y en otros hospitales, como San Agustín, donde he estado hasta la fecha.

¿Y a partir del día 31 de julio qué?
En principio, añorar lo que he sido y, luego, que sea lo que Dios quiera. Yo soy un gran aficionado a la fotografía y a los viajes. Además, voy al gimnasio todos los días, de lunes a domingo, y salgo a andar rápido por la ciudad. También soy socio del Centro de Participación Activa del Palacio de Alpériz, donde hago bailes de salón, y me he apuntado a la nueva asociación nazarena de fotógrafos AFONAZA. Hasta que Dios quiera estaré en mi tierra, en Dos Hermanas, ya que, aunque soy nicaragüense, me siento español y nazareno, la tierra que me ha acogido y hecho feliz.

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