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(Juan 10, 27-30) DURANTE UN TIEMPO no muy largo, los 11, las mujeres y otros discípulos tuvieron la experiencia extraordinaria de ver a Jesús resucitado, y de experimentarlo como fuente de una vida que los cambió por completo. Ese tiempo acabó, pero los discípulos siguieron -seguimos- experimentando la vida extraordinaria de Cristo en nuestra vida ordinaria, muchas veces gris y opaca, pero que se llena de una luz que no podemos explicar sin Él.

Experimentamos su presencia de Buen Pastor cuando acogemos con amor y con esperanza las dificultades de cada día. “El Señor es mi pastor, nada me falta”, rezamos con una serenidad que viene de lo alto. Experimentamos su presencia en las personas, muchas veces pequeñas y sin trascendencia para el mundo, que viven un testimonio de entrega a los que sufren, un amor abnegado y sacrificado con una fortaleza y una alegría que no se puede explicar sin Él. Experimentamos su presencia en tantos cristianos que viven salvando obstáculos para la evangelización. Barreras personales: prejuicios, intereses, cobardía. Y barreras exteriores: menosprecio, burlas, persecución.

También nosotros experimentamos, muchas veces, su resurrección, cuando en lo cotidiano se nos desvela lo extraordinario de su fuerza. Así se cumple en nosotros: «Los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.»

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