El Sábado Santo fue un día de recogimiento y esperanza en Dos Hermanas, ya que «en el silencio del sepulcro, Dios prepara la Resurrección». La Hermandad de Santo Entierro volvió a procesionar por el centro de la ciudad, dando nuevamente ejemplo de sobriedad y elegancia, acompañando a Cristo hacia el sepulcro y arropando a su madre, María Santísima, en su Soledad.
Contemplar el cortejo de esta cofradía de nazarenos de túnica negra de cola y cinturón de esparto es como ver una película con su principio y su final. Desde que se abrieron las puertas de la Parroquia de Santa María Magdalena, a las seis y media de la tarde, con una Plaza de la Constitución muy concurrida de pública, la gente allí congregada revivió cómo hubiese sido el entierro de Cristo.






Tras la apertura del templo, el tañir del muñidor, acompañado por los servidores que preceden a la cruz de guía de la hermandad, fue abriendo paso al cuerpo de nazarenos. Entre ellos, la representación de las Virtudes Teologales ( Fe, Esperanza y Caridad), la santa mujer Verónica y las Tres Marías (María Magdalena, María Cleofás y María Salomé).
Antes del paso de la urna del Santo Cristo Yacente, se incorporan al cortejo las autoridades civiles, con representación de la Policía Local, Policía Nacional y Guardia Civil, así como de la corporación municipal, presedida por el alcalde de la ciudad, Paco Rodríguez. Le seguían, cerrando este tramo institucional, la junta superior del Consejo de Hermandades y Cofradías, con su presidente, Fran Alba Claro, en el centro.



El paso de la urna, de estilo barroco, obra de Manuel Pineda Calderón en 1959, realizado en madera de caoba de Guinea y pino de Flandes, lucía un frondo exorno floral de lirios morados. La urna de cristal de estilo renacentista se ha sometido, antes de esta Semana Santa a un proceso de mejora y reestructuración en el taller de Juan Lozano. En los extremos de la urna, cuatro bellos ángeles turiferarios con incensarios siendo esta rematada en la parte superior por un pelícano. La urna va colocada en el sobrecanasto del canasto paso, siendo el único de Dos Hermanas con esta estructura.
El Cristo Yacente, que tallara en 1995 Juan Manuel Miñarro López, es acompañado, en la delantera, por un trío de capilla, que interpreta piezas fúnebres, en la trasera figura el palio de respeto y la cruz parroquial, que abre el cortejo de nazarenos del paso de palio. Al frente del cuerpo de capataces, un nuevo Sábado Santo, la figura de Antonio Santiago Muñoz.




La Soledad, la Virgen niña, de la que se desconoce su autoría, pero que se suele fechar su concepción entre finales del siglo XVII y principios del XVIII, procesiona por las calles de Dos Hermanas bajo un palio de cajón renacentista de terciopelo negro, con orfebrería barroca, que es obra de Carrasquilla.
El público que disfruta con los detalles de los pasos procesionales, pudo comprobar este Sábado Santo como en los respiraderos figuran escenas de la Vida y Pasión del Señor: Crucifixión, Flagelación, Descendimiento, Prendimiento, Piedad, Resurrección, Anunciación, Adoración de los Reyes Magos o Huida a Egipto, entre otras.
Su candelería volvió a lucir pintada a mano con diferentes motivos y su exorno floral, sencillo y elegante, con claveles blanco, volvió a llamar la atanción por la original forma cónica de su disposición en las jarras. La Banda del Maestro Tejera volvió a poner un año más la banda sonora a este entierro de Cristo en Dos Hermanas, con su magistral interpretación de un exquisito repertorio de marchas de corte clásico. Le precedían, tras el manto de terciopelo negro, el preste, es decir, el párroco de Santa María Magdalena, Manuel Sánchez de Heredia, con sus acompañantes.









En su recorrido por el centro de la ciudad, la Hermandad de Santo Entierro va dejando estampas para el recuerdo por diferentes enclaves, como su paso por la Plaza del Emigrante buscando la calle Romera o su discurrir por la Plazoleta Menéndez y Pelayo. Cuando la noche ya va siendo acto de presencia, impresiona ver a esta cofradía por la estrechez de la calle Alegría en busca de la amplitud de la Plaza de Villa Pepita. Por no hablar de su regreso por otro callejón, el de San Luis, para desembocar en Nuestra Señora de Valme camino de la Plaza de la Constitución y su entrada




























