(Juan 8,1-11) TENEMOS GRAN habilidad para justificarnos. Para el pecado ajeno somos severos e inflexibles; pero para el propio siempre encontramos una razón oculta, una circunstancia atenuante, un mal previo que nos forzó a actuar de aquella manera en la que hicimos lo que no se debe. Comenzamos por justificarnos el mal que cometimos, seguimos por verlo también comprensible en los demás, y acabamos por relativizar lo bueno sin que nuestro comportamiento tenga ya criterio que no sea la recriminación de los demás.
Pero el mal es mal; y es mal porque nos destruye y destruye al que nos rodea; porque cercena alguna de nuestras mejores cualidades personales o hace daño a los que tenemos cerca. Cuando nos justificamos de esa manera nos enquistamos en la mediocridad.
El perdón es otra cosa. Cuando acogemos el perdón de Dios o de quien nos quiere, no disculpamos nuestro comportamiento errado, acogemos el amor de quien sabe que somos más que nuestros errores; de quien espera más de nosotros; de quien siempre pone en nosotros su esperanza. Acoger el perdón conlleva reconocer el mal y buscar la fuerza interior necesaria para vivir con la dignidad de hijos de Dios. El perdón hace más justa a la persona si lo acoge con sinceridad.
Ni condenas, ni falsas justificaciones; necesitamos ser perdonados desde el amor que vive en esperanza.




























