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(Marcos 1,1-8) Llegará el día en el que la pandemia sea solo un recuerdo. En el que los abrazos no estén restringidos, y en el que podamos mirar la sonrisa franca de quien nos habla. Llegará un día en el nos reunamos sin contarnos, y si nos contamos sea para saber quién no ha venido todavía. En ese día los abrazos podrán ser más sinceros, y los saborearemos más dulcemente; en ese día las sonrisas serán muestra de la alegría del encuentro, sin sombra alguna de falsa cortesía.

Ese día llegará, pero hemos de prepararlo para que no sea un mero volver a lo de antes; a la mediocridad y los cumplidos vanos; al hastío del otro, y a los encuentros que no nos aportan nada. Hemos de preparar el camino para que ese día llegue con menos rencores y enfrentamientos estériles; siendo consciente serenamente de nuestras limitaciones, sin resignarnos a ser vulgares.

Hemos de preparar el camino para llegar a esa Tierra Nueva donde los políticos serán enjuiciados por su capacidad de resolver problemas, no por su márquetin propagandístico; donde cada uno nos preguntemos qué podemos aportar a nuestro pueblo, y seamos felices construyendo un mundo mejor; donde los jóvenes puedan trabajar en un empleo decente, y crear una familia; donde haya más casas con niños que con perros; donde experimentemos, en el centro de nuestra vida, la luz del amor, desterrando el vacío de la desconfianza y la autosuficiencia.

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La aurora de ese día ya está despuntando. Y, como luz naciente, irá inundando cada rincón oscuro de nuestra vida si abrimos hasta arriba las persianas.

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