(Lc 9, 18-24) Un maestro de moral brillante y agudo; conocido por sus parábolas que hacen pensar, y por sus máximas que marcan un camino justo y bueno en nuestra vida. Un filósofo del sentido de la vida, gran conocedor del espíritu humano, sus contradicciones, de su grandeza y sus miserias; capaz de crear nuevas formas de comprensión de la propia persona, del poder, de la sociedad, del mismo Dios. Un pensador cuyas intuiciones han generado, en gran parte, la civilización occidental; la civilización de la ciencia y los derechos, de la técnica y la solidaridad.
Todo esto es, ciertamente, Jesús de Nazaret. Pero, para los creyentes, lo que en nuestra vida arrostra con más fuerza nuestros miedos y pecados, nuestras debilidades y orgullos, nuestras ilusiones y nuestros sueños, es su cruz y su resurrección.
En su cruz vemos hecho carne y verdad su amor de entrega; en su cruz vemos realizada la coherencia y la sinceridad a que la autoridad de sus palabras apuntaban; en su cruz vemos hasta qué punto la misericordia y el perdón y el amor del Padre no tiene límites. En su cruz ponemos en suspenso todos nuestros sufrimientos; en su cruz nos sentimos interpelados a entregarnos también nosotros a los demás; en su cruz se ve denunciada la prepotencia de los ricos y los poderosos, y de la cobardía cómplice de tantos; en su cruz se ven iluminados los sufrimientos de los débiles y los sencillos.
¿Cómo no contemplarte y acoger la vida que nos viene por tu resurrección y tu cruz?




























