(Marcos 1,1) Ningún entrenador te recomendará saltarte los ejercicios de calentamiento. Si, aun así, lo haces puedes tener contusiones, calambres, lumbalgias o dolores musculares diversos. Con estos ejercicios que te propongo ocurre lo mismo. No debes saltarte el primero (recuerda: contemplar la vida); si no, puedes hacer de tu adviento, más que una preparación de la acogida, un esfuerzo de auto-perfeccionamiento, cuando menos, infructuoso.
Tan seria advertencia tiene como motivo que el Evangelio se muestra exigente contigo esta semana: “Quita todo lo que estorba para que puedas recibir al Niño del Pesebre. Y te sobra mucho”.
Te sobra egocentrismo, que no haces más que pensar en ti mismo, como si fueras el ombligo del mundo y todo tuviera que girar en torno a ti.
Te sobra cobardía, que te impide defender al pobre y al humillado; que te paraliza cuando vas a ayudar a quien no está bien visto; para enfrentarte con quien apoltronado en la desidia se desentiende lo que provoca muerte en el pueblo.
Te sobra ira, orgullo y soberbia, que no te deja pedir perdón, ni abrir los brazos, ni dejar pasar lo que no debe importar, ni considerar que siempre el otro es más importante.
Te falta encauzar hacia el amor toda la afectividad y toda la riqueza que tu sexualidad te aporta; y, que ahora, se pierde en espirales de vacío y egoísmo. Te falta…
No te engañé. El Evangelio se ha puesto exigente contigo. Pero tómatelo con calma. Cada día un reconocer humilde y un ofrecer generoso. El Padre no necesita luchas titánicas para quererte. Eres tú quien necesita ser sincero para reconocerte en el espejo.



























