(Juan 14,15-21) PODEMOS decir que creemos en Dios, y considerarlo ajeno a nuestra vida, como el Ser que dio comienzo al mundo. Podemos decir que creemos en Jesucristo, sin acoger su presencia de resucitado acompañando nuestro camino. Pero al creer en el Espíritu la vivencia racionalista y fría de la fe se llena de calor y de color.
Cuando creemos en el Espíritu, creemos en el impulso hacia el bien que el Padre imprime en nuestra vida. Creer en el Espíritu es creer en la Providencia de Dios; en su presencia bondadosa y benefactora, en el interior de la historia y de nuestra vida.
Cuando creemos en el Espíritu, sabemos que enfermedad, dificultades y problemas, todo, puede servirnos para el bien. No es el azar, ni la necesidad lo que gobierna, en lo profundo, nuestra vida. Junto con las causas y los azares contamos con la presencia de Quien –desde nuestra intimidad y desde lo íntimo de la vida—nos ayuda y nos protege. La Providencia de Dios en nuestras vidas tiene nombre propio. Su nombre es Espíritu.
Cuando creemos en el Espíritu, creemos que nuestra vida es, siempre, para Dios lo más importante. No es que sea lo más importante para nosotros, que ya es decir, es que es lo más importante para Dios mismo. Para Dios no hay normas, ni leyes, ni tradiciones, ni dogmas, siquiera, más importante que ninguno de sus hijos. Cuando caminas en la fe en el Espíritu tu propia vida y la vida de los que te rodean se convierte en un absoluto.
Cuando creemos en el Espíritu nuestra existencia y la historia se abren a la novedad de lo insospechado. Así le ocurrió a los primeros cristianos, así le ocurrió al imperio esclavista que residía en Roma. El Espíritu es como un vendaval que se lleva lo viejo y lo caduco, y nos hace vivir en la juventud de Dios. Yo conozco jóvenes que lo llevan siendo 50 años, y 60, y 70. La persona que conozco que lleva más tiempo siendo joven, se llama Rosario, es religiosa, y cuida leprosos en Macao. Lleva siendo joven 85 años.




























