Cuando una biblioteca se inaugura
no se engorda a placer a la alcancía,
ni hay mangazo a lo bestia ni a porfía,
ni se suele notar la cebadura
del que arrima al puntal de la lectura
más progreso -un peso en carestía-,
que el espeso vaivén de tontería
con que a veces se mece a la cultura.
Que a más de un templo del conocimiento,
un lugar de concordia enriquecida,
o el sitio del principio en igualdad,
la casa de los libros es cimiento
de aquello que, sembrado en buena arcilla,
germina siempre un fruto: libertad.



























