In memoriam
Muchos creyentes cristianos están de luto por la muerte de este adelantado de la fe y la actitud, cerca de las cosas y las gentes. Fue teólogo y crítico de los poderes políticos y religiosos. Siempre estuvo con los que no desfallecen en la búsqueda de Dios.
Enamorado del evangelio, su sencillez y su grandeza, Miret se hizo fuerte contra los que, a su entender, quisieron falsificar la buena noticia, utilizarla o, tal vez, tuvieron miedo a la libertad. Desconfió de los que se creyeron jueces inapelables en materias disputadas y que intimidaron las conciencias de las gentes.
Sirvan estas líneas para recordar algunas de sus reflexiones y destacar su espíritu de diálogo, su cordialidad y respeto a todos por encima de opiniones particulares.
Así era su pensamiento, así su actitud:
La religiosidad no muere, las religiones sí. Voy a misa los domingos para unirme a las gentes sencillas de mi parroquia. La teología oficial ha perdido en buena parte su capacidad de comunicar. El lenguaje vaticano necesita estar más cerca de los problemas, la vida y la mentalidad de los fieles. Pero este lenguaje no duda descender a lo concreto para condenar. El sentido de la realidad no se recibe si no es en la experiencia de lo que nos rodea, inquietante, rica y enigmática. Si estamos prestos a hacer la vida feliz a los demás, entonces ya estamos en el camino de la felicidad. Tengamos respeto a todas las religiones, pero no por encima de la justicia y la solidaridad. Las crisis de las religiones son buenas para soltar el lastre y las adherencias que las hacen inasumibles. No podemos, no debemos crear la ficción de suplantar a Dios. La última norma de moralidad –también así lo dijo Santo Tomás- es la conciencia de cada uno. Ahí está el origen de la libertad, en la experiencia de la conciencia individual. Los especialistas son los que saben de sus especialidades y es de sentido común que se les escuche en las cuestiones relacionadas con la ética y las costumbres. La Iglesia Católica debe revisar y explicar con claridad, desde la experiencia de la fe, aspectos de la sexualidad que se presentan como conflictivos y tienen incidencias graves en la sociedad de los creyentes. Los dictados de la Iglesia no pueden contradecir las razones de la ley natural.
La Iglesia debe pedir perdón por las traiciones a la sencillez y pureza del evangelio en la experiencia religiosa de nuestros días. No tiene sentido cristiano una iglesia apoyada en el poder. Y menos si esta iglesia se constituye en grupo de poder. Un cristiano nunca puede juzgar de lo interno, de la intimidad de la conciencia. Sólo sabemos de Dios lo que no es. La fe se manifiesta como una experiencia de servicio civilizado y limpio a todos. Muchos se declaran ateos pues les hablaron de un dios manejado, oscurecido, disfrazado. La realidad de Dios siempre está junto a la experiencia profunda de la vida vivida con serenidad y respeto a uno mismo y a los demás. La felicidad ni es ni puede ser de los inmorales, de los que dibujan un dios violento, no está la felicidad entre los mentirosos, cabreados y sombríos. La felicidad al igual que la risa es contagiosa y depende más de lo que somos que de lo que nos ocurre.
Estas reflexiones tomadas un poco al azar de los contenidos de sus escritos pueden ilustrar sobre Enrique Miret. Para los interesados hay en librerías una veintena de libros editados por Espasa. También en hemerotecas muchos artículos publicados en la revista Triunfo, en el periódico El País y revistas especializadas.
Descanse en paz.





























