La ilusión se hace palpable
—presente, desparramada—
por las calles, en las gentes,
tras el aire a bocanadas
que en pensamientos-balcones
desde un pretil-añoranza,
va encendiéndose a pabilos
y soñando a madrugadas.
La brisa se lo susurra
primaveral, racheada,
al azulejo del patio,
la buganvilla, la plaza,
las sombras de tantos centros,
las luces de tantas cavas,
los faroles ancestrales,
las esquinas desgastadas,
las callejuelas estrechas,
las rotas por parcheadas,
las nuevas en alquitrán,
las viejas adoquinadas,
las canas del callejero,
los brotes con que se agranda
y un rosario de plazuelas
hartas de ser paseadas,
por la espera de unos pocos
para que a todos les nazca
un color cielo en la sangre
cuando la primera salga.
Todo aquí se contradice:
se llora mientras se canta,
se sufre mientras se eleva
el costal pegado al alma,
el abuelo se hace niño
cuando al nieto lo levanta
de entre la bulla que admira
plena en silencio, a las plantas
de la imagen de Jesús
resquebrajada a las tantas
pasito a paso de vuelta
de entre mares de ventanas
abiertas, muy bien abiertas,
para rezar al que pasa
purgando a base de sangre
la esencia de nuestra casta.
Tanto o más tiene este pueblo
que a pandereta y jarana
va defendiendo virtudes
metafísico-mundanas,
ungiendo en adobo frito
letanías marianas…



























