Abiertos a la vida

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(Juan 20, 19-23)  ¿Saben ustedes lo que hicieron los apóstoles una vez que Jesús ascendió al cielo y se quedaron solos para llevar adelante la misión de evangelizar al mundo?

Se quedaron desconcertados y como huérfanos, así que encontraron en la oración fuerza para mantenerse unidos y con fortaleza. Así nos lo cuenta el Libro de los Hechos, que nos transmite cómo los apóstoles, los discípulos, en total unos 120, y hasta la madre de Jesús se mantenían rezando juntos.

 

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Por otra parte recompusieron el número 12 en el grupo de los apóstoles acogiendo a Matías entre ellos, como manteniéndose en la voluntad de Jesús. Su elección fue curiosa: eligieron a dos de los que los habían acompañado desde el principio, José y Matías, y echaron a suertes cual de los dos sería el nuevo apóstol.

Habían descubierto que la realidad y la historia superan nuestras posibilidades de pensamiento y de control, que la vida que corre por nuestras venas es más rica y fuerte de lo que podemos, incluso, intuir. Pusieron de su parte, pero se abrieron a la novedad, a la sorpresa, al protagonismo de Dios en su vida.

Y es que muchas veces una enfermedad es motivo de amor; una muerte, causa de vida; una dificultad, inicio de una nueva etapa. Somos tan limitados para saber qué viviremos dentro de 5 ó 10 años, que lo más inteligente es poner de nuestra parte la bondad y la sensatez, y abrirnos con total confianza a la voluntad de Dios, que siempre vela por nosotros.

No te angusties por el presente aunque sea difícil de aceptar, que nunca sabes qué vida va a brotar de esas dificultades. Para los cristianos toda muerte está abierta a la resurrección.

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