Una tarde, en una boda, cuando el sacerdote que oficiaba se entretenía en dedicar una breve homilía a los contrayentes preguntó a los que allí acompañábamos a los novios: -“¿Qué recomendaríais a esta pareja para su futuro?” En el templo la gente se miró pero nadie dijo una palabra. Yo levanté la mano y me atreví a proponer: -“Que se respeten.” En el primer momento, el clérigo pareció quedar algo perplejo, pues lo apropiado hubiera sido decir que se quieran, que vivan el uno para el otro y otras proposiciones parecidas. Pronto, sin embargo, reaccionó y confirmó: -“Que se respeten… He ahí una buena recomendación.”
Respeto es lo mismo que miramiento y consideración. Puede haber respeto para la opinión y también para los hechos. En cuanto a la opinión el respeto equivale a la buena educación. Las palabras son el sonido de nuestra manera de ser, de nuestra conciencia. Considerarlas es lo mismo que respetar lo más íntimo de los demás.
Respeto se refiere también al cumplimiento u observancia de algo. Por ejemplo de la independencia de los demás en sus hechos. Nada ni nadie puede entrar en ese lugar inalienable de nuestro decidir donde habita la libertad, a no ser que la justicia tenga algo que decir en función de las leyes acordadas.
Es un progreso de los últimos tiempos y de enorme importancia el respeto a las palabras, a la producción de ideas y a su expresión. El respeto y la consideración hacen al ciudadano de honor y buenas costumbres. Respetar es una actitud de espera y contemplación intelectual. Define el campo que corresponde a cada uno y tiene mucho que ver con la independencia, la responsabilidad de la persona y sus competencias. El respeto invita al diálogo y se opone a la descalificación. Respetables son todos los que proponen soluciones inteligentes y, también, los que señalan medios más débiles en las ideas o en los hechos.
La defensa de las palabras no necesita de la coacción sino de la mostración o la demostración. En ello consiste algo tan importante para la democracia como es la dialéctica o diálogo, honorable por muy crudas que sean las tensiones que hacen vibrar los parlamentos.
Los hechos se ajustan a la ley, y dentro de ese marco son respetables. Se definen por las competencias, las finalidades y el terreno o ámbito de poder de cada uno. La ley expresa los límites.
Es conocido como razonable y necesario que los representantes de los varios poderes se critiquen en beneficio de la comunidad. Pero la dialéctica se corrompe con la ficción, con la alteración de la verdad objetiva, con la doblez por intereses inconfesables o con la negación de la evidencia.
La crítica es positiva, el silencio es neutro y, con frecuencia, negativo, desdeñoso, engreído o devorador. En términos generales se puede decir que los límites de las libertades son las libertades de los demás; pero medir dónde termina una crítica y empieza una ofensa, corresponde a la ley.
Parece deseable para el progreso de los pueblos la mayor independencia de los grupos legalmente constituidos y de las personas. El proselitismo es humano y razonable siempre que no se juegue con la conciencia de los demás, es decir, que no haya demagogia, que es engañosa y astuta porque juega con la ignorancia o la simplicidad de los otros.La descalificación siempre dice deshonor del que la practica. Pero la prueba o desvelamiento de la vileza política, por ejemplo, es necesaria y conveniente a la comunidad.
Lo peor, pues, que puede ocurrir para la convivencia en paz, es entrar en el territorio de otro arrogándose autoridad o competencia. Esta actitud crea confusión, pues lo que es tenido como valioso en un estanco, puede aparecer como dudoso o menos valioso en otro.
Podemos ser, todo al mismo tiempo, españoles, cristianos o agnósticos, andaluces o catalanes, del PP o del PSOE, de Comisiones o de UGT, etc., mas lo que en verdad es importante es que sepamos en cada momento en qué terreno y en nombre de qué o de quién hablamos o actuamos. Es verdad que a veces hay pactos de convivencia entre grupos, pero desgraciados son estos pactos, si en lugar de definir competencias crean confusión.
Como en la moral de Spinoza, el filósofo y pulidor de lentes de Ámsterdam, si se quieren preservar la paz y las buenas costumbres de un país, será bueno que se dibujen geométricamente los territorios geográficos, de instituciones y competencias, sin líneas borrosas o de dudosa significación. Nadie tiene que sentirse encerrado; todos haremos un buen servicio si nos dedicamos a lo nuestro, a lo de nuestro grupo o grupos, según momentos y espacios. Por otra parte, la verdad traspasa todas las fronteras. Es un tema de tiempo.





























