No dejan de asaltar nuestra conciencia los asesinatos de mujeres en manos de sus parejas, en manos de los hombres con los que compartían la vida o la habían compartido en algún momento de su biografía. Semana tras semana aparecen en los medios de comunicación sucesos terribles que sólo son, en muchas ocasiones, la punta del iceberg del sufrimiento en silencio, del miedo callado; de enfrentamientos donde la dignidad y la vida de la mujer son cotidianamente puestas en entredicho.
No parece que las medidas policiales y judiciales que se han tomado estén consiguiendo el resultado que todos deseamos. Puede ser que se esté afrontando el problema unilateralmente y las raíces del mismo no se estén atacando. Por supuesto que las medidas de protección de las mujeres maltratadas han de reforzarse y las penas a los maltratadores agravarse. Por supuesto que la mujer que se encuentre en una situación de maltrato ha de contar con el apoyo de todas las instituciones sociales y estatales; y que se han de continuar campañas de concienciación ciudadana. Pero no está siendo suficiente.
El maltrato no es un problema sólo de nuestro país, se da en todos los países de nuestro entorno; ni de pobreza o incultura, se da en todas las capas sociales; ni siquiera es un problema de hoy: todas nuestras madres recuerdan a la vecina que aguantaba, impotente y en soledad, las palizas de su marido cada vez que venía borracho. Es un problema tan amplio que no es achacable a tal o cual política de un gobierno concreto; aunque eso no quiera decir que no haya que actuar políticamente, o que no se estén cometiendo errores políticos.
Se repite constantemente que la causa de la violencia de género es la cultura machista; creo que, aunque ese sea uno de los problemas fundamentales, no es esa la única causa. La inmensa mayoría de nuestros padres y madres asumían una cultura machista, sin que los malos tratos fueran generalizados. Otras causas de fondo han de estar presente en el problema. Una de estas causas es la muy deficiente educación de la afectividad que hemos recibido y que, en absoluto, estamos mejorando.
La educación sexual y afectiva que desde medios institucionales y sociales se está ofreciendo a los niños y a los jóvenes confunde laicidad con falta de moral personal. La educación sexual se está reduciendo a una información sobre métodos anticonceptivos y de medidas profilácticas para evitar enfermedades venéreas. “El sexo es divertido” rezaba el título de un folleto de la Junta de Andalucía hace años; “Sexo con seso”, es el título de uno de estos folletos más recientes que han llegado a mis manos. Pero las jóvenes mujeres que han muerto a mano de sus parejas no han sido por causa del sida o una enfermedad venérea, sino por violencia. Se oculta que el sexo, para que sea humanizante, ha de darse con seso y con corazón.
La sexualidad humana tiene una intrínseca dimensión de entrega y, por tanto, de cierta posesión, que ha de se controlada. Quien inicia una relación afectiva quiere hacer de sí mismo “alguien del otro”, y necesita que el otro se sienta también “suyo”. La que sólo era una amiga, se convierte en mi novia; y acaba siendo mi Ana o mi Lucía –por poner un ejemplo–.
Ese dinamismo de mutua entrega y donación, si se asume desde el egoísmo personal que busca sólo servirse del otro, se transforma en perversa obsesión de celos, en pretensión de sumisión y en de violencia de género. Si no respetamos nuestra propia realidad humana, ni los dinamismos que la estructuran, acabamos sufriendo terribles consecuencias.
No caigamos en la trampa de oponer radicalmente laicidad y cristianismo. Sean cuales sean nuestras creencias hemos de educar a nuestros jóvenes en que las relaciones sexuales tienen su contexto en la relación amorosa y afectiva; y en que tienen que ir avanzando en la medida en la que avanza la entrega personal y la confianza mutua; que sólo desde el diálogo de amistad verdadero, la mutua comprensión y aceptación de la intimidad personal del otro encuentran su verdadero sentido.
La banalización de las relaciones sexuales, la conversión del sexo en mercancía y en objeto de consumo, la superficialidad con que se afrontan las relaciones entre adolescentes, como elementos de una deficiente educación afectiva, están a la base de la proliferación de los casos de violencia de género. No es una causa inmediata, ni directa; pero esa comprensión de la sexualidad va deformando la relación con el otro. Se le reduce a ser un objeto que satisface mis propias necesidades. Si a esta “cosificación” se le añade el dinamismo de posesión, propio de toda relación afectiva, y la cultura machista en la que el varón no puede “consentirle” ciertas cosas a la mujer, tenemos la mezcla explosiva del terrorismo doméstico.
Un problema complejo no se soluciona fácilmente de ninguna manera. Pero si las intervenciones son unilaterales y no contemplan la globalidad del problema puede ser que lo que construimos con una mano lo destruyamos con la otra. Algo de esto nos está ocurriendo.






























