A un tiempo que los días de descanso
van dejando atrás preocupaciones,
los horarios, las agendas, los montones
de problemas y el sistema de rutina,
se afina el pensamiento –se aglutina–
pensando en qué quemar las vacaciones.
No importa el periodo, o en qué modo
pasemos nuestros días ni el destino
ni el avión, el crucero o el camino:
casi siempre –nos dicta la experiencia–
acabamos con cargo de conciencia
o haciendo al viajecito un desatino.
Y al final quedará de todo aquello:
la ridícula foto en un camello,
la aventura tirando a desventura
de un tour que se hizo un sin vivir,
o el cutre e inservible souvenir
que acaba, con el tiempo, en la basura.
Le propongo, si quiere, otro sistema
dirigido a saber si a sus tensiones,
sus problemas y a sus preocupaciones
ha sabido librarles de presión:
compruebe si a los diez o quince días,
no puede ver la marca, donde había
la señal, ya borrada, del reloj…



























