Hoy debo dedicarte a ti,
máquina del relleno de aceitunas,
mi verso, su perfume y su fortuna,
mis besos hechos rima y poesía,
mi letra revestida de ambrosía
y a mis musas cantadas una a una…
Supongo que conoces, como yo,
que tu esencia, tu espíritu y belleza
que impregnan de su luz con sutileza
mis versos hechos todos para ti,
no residen en tu dura maquinaria
ni están en tu estructura extraordinaria
que no entienden porqué te he de escribir.
Pero comprendes bien que tus adentros
guardan más que tornillos o estructuras,
y es que vas degustando la hermosura
de la oliva –suspiro de verdor–,
que besa tierra y viento al varearla
y entre tuercas sabes bien que, al taladrarla,
taladras paso y hueco en nuestro sol.
Y así va confirmándose la regla;
es así cuando el verso grita fuerte:
cuando canta al presente de la gente;
cuando advierte belleza en cada sitio
despreciando la sombra de los ripios,
resurgiendo entre el hierro y el acero;
cuando, en fin, es esencia perfumada
por la pluma, la paciencia y la mirada
que va atada siempre al verso y su lindero…



























