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El donante y el donado

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De la espera y la esperanza
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(Mt 28,16-20)

EL AMOR ES DON. Don acogido en gratitud; don que ilumina nuestra vida; don que le da sentido a todo lo que hacemos. El amor es don en sí mismo, por sí mismo. No se cifra el amor en lo que de él recibimos; no necesitamos nada para amar porque el amor se vive siempre en gratuidad. Pero cuando amamos y somos amados, recibimos un mundo, el mundo entero desde un Edén de plenitud.

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Es verdad que en el amigo encontramos compañía y en la pareja ternura; es verdad que en los hijos encontramos ilusión y esperanza. Pero cuando llega el momento en el que el amigo no puede acompañarnos, o la pareja no puede mostrarnos ternura o vivimos un desengaño con los hijos, no dejamos de amarlos; en muchos casos esta prueba se convierte en crisol de nuestro amor. Cuando amamos queremos darnos por entero a quien amamos. Y, por ese amor, en todo lo que le entregamos nos entregamos nosotros mismos. El amor no se conforma con menos que con la entrega sin reservas al otro.

El Padre, porque nos ama, no se conforma con entregarnos algo distinto a Sí Mismo, y por eso nos entrega a su propio Hijo. El Hijo, porque nos ama, se nos entregó por entero y ahora nos entrega entero su Espíritu. Porque el amor de Dios es Amor, hemos de confesar que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son donación de su más íntima intimidad, de su ser más verdadero. Mas, ¿cómo entender que Dios se nos entregue así?, ¿quién podrá comprender el Amor?

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