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(Lucas 15,1-32) La palabra “alegría” acompaña al papa Francisco en sus escritos más importantes. Nos habla de la alegría de anunciar el evangelio, de la alegría del amor de pareja y de familia, de la alegría de la fraternidad y de la alabanza que brota en nuestros labios ante la hermosura de la creación. Dios Padre nos creó para la alegría y la alabanza.

El pecado nos provoca tristeza. La codicia, la tristeza de no tener más, de no acumular más. El afán de poder siempre nos hace tropezar con quien es más poderoso que nosotros. Los distintos vicios, aunque nos proporcionan un placer momentáneo, dejan en nuestro corazón un poso de tristeza por la indignidad a que nos llevan, por el daño que hacemos y nos hacen. La envidia, los arrebatos de genio, la indolencia y la pereza, el orgullo, la cobardía… Lo que nos quita la alegría viene del pecado.

También está la tristeza de “los buenos”; de los que en vez de entregarse sin condiciones a los demás buscan alguna recompensa: reconocimiento, alabanzas, influir en el comportamiento de los otros, ser vistos como personas nobles… Si cuando somos “buenos” no vivimos alegres, es que hemos puesto nuestra alegría en no vivir en Dios y en su Hijo Jesucristo, sino en nuestra propia gloria y voluntad.

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Deja a un lado la tristeza y decídete a buscar el abrazo del Padre que te reconciliará con tus debilidades y con las de tu hermano. ¿Quién necesita algo más que su abrazo?.

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