Un sacerdocio nuevo

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el cielo está lleno
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(Lucas 19, 11-17) EN LA ÚLTIMA cena, Jesús realizó un gesto que daría mucho consuelo y mucho que pensar a sus discípulos. Tomó un poco de pan y de vino y les dijo que aquello era su cuerpo y su sangre, sacramento de la nueva alianza.

Tan profunda impresión causaron estas palabras en los discípulos que cada vez que querían recordar juntos a Jesucristo partían el pan; y aquel recuerdo lo vivían no como una conmemoración sino como una actualización de la paz y de la gracia, del amor y la salvación que Jesús les trajo. Pudieron comprender que en la persona de Jesucristo se realizaba un sacerdocio nuevo, no basado en ritos, ni en ceremoniales, sino en la entrega de su vida por la que ellos experimentaban una vida nueva.

Tan distinto era aquel sacerdocio del de los judíos, del de Aarón y los levitas que acudieron a un personaje del Antiguo Testamento coetáneo de Abraham: Melquisedec. Este bendijo a Abraham cuando venía de arriesgar su vida por rescatar a su sobrino y su familia que estaban prisioneros y esclavos. Aquel gesto valiente y solidario de Abraham le gana la bendición de Melquisedec, que le agasaja con pan y vino. Un gesto sencillo para quien venía feliz por ayudar su hermano.

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Así es la eucaristía: regalo que se nos ofrece, con la sola condición de abrirnos a la fraternidad con el que sufre y a la amistad con un Dios que es verdaderamente Padre.

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