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CREER SIEMPRE es una apuesta, una aventura; como amar; como crear. La fe no es mera credulidad; quien cree en Dios encuentra todo su ser comprometido en esa confianza. Deja a un lado la superficie de la vida y se adentra en lo profundo de su propia humanidad.

Hay razones para creer en Dios. Pero hay ocasiones en las que todas esas razones se oscurecen; y todo lo que eran luces se convierten en sombras ante la tiniebla que segó la vida de quien amamos. La muerte del marido, de un hijo… convierte en absurda toda palabra de esperanza, en burla toda frase de consuelo. Eso le ocurrió al apóstol santo Tomás. Los otros le hablaban de que Jesús había resucitado, pero tanto era su sufrimiento que no pudo sino expresarse con la violencia de su dolor: “Si no meto mis dedos en sus yagas, no creo.”

Todas las comunidades cristianas contamos con el testimonio de personas que han perdido a quien más querían; y que, con todo su sufrimiento, se agarraron a la fe en Cristo muerto y resucitado; y sin comprender, y con el apoyo de los compañeros de la comunidad, comenzaron a sentir el bálsamo que necesitaba su herida, a recorrer el camino nuevo que la vida les había deparado, a encontrar fuerzas para seguir respirando; y han llegado a vivir la bienaventuranza de los que creen sin ver.

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