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(Jn 2, 1-11) El primer signo que realiza Jesús en el evangelio de san Juan, como Mesías y Salvador, nos puede parecer sorprendente: en las bodas de una familia amiga, hace que no falte el vino para que la alegría de aquellas familias pobres y sencillas no se interrumpa.

Entendemos bien los signos con los enfermos: es una situación tan dura que a todos nos conmueve. Con el signo de la multiplicación de los panes ocurre algo parecido: el pan es lo más necesario para la vida. Hasta el signo de la expulsión de los mercaderes del Templo de Jerusalén tiene la justificación de deslegitimar una religión centrada en lo meramente religioso alejado y opuesto de la vida.

En Caná de Galilea, Jesús nos muestra que su evangelio es buena noticia para lo concreto de nuestra vida; que quiere la felicidad de los pobres y sencillos, de todos; que su salvación no es meramente religiosa –de oraciones, misas y cultos-; sino que es la salvación que quiere un padre bueno para sus hijos: que vivan felices, que su felicidad sea el bien, y que si tienen problemas que los afronten con esperanza y fortaleza. La salvación que nos trae Jesús es la salvación de quien nos ama; y, en último término, es su amor mismo el que nos salva.

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Por eso, nada verdaderamente humano queda fuera de la mirada entrañable y acogedora de Jesucristo; nada verdaderamente bueno y justo puede quedar fuera de las preocupaciones de la comunidad cristiana.

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