Mirada de conjunto

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El vicio de condescender
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(Marcos 8,27-35) SE SUELE OLVIDAR el viejo de que fue joven y el joven de que un día llegará a viejo; es ley de vida. Pero cuando los niños, los jóvenes, y los mayores compartíamos una misma casa –grande, con patio, lleno de macetas verdes y floridas-, la vida de cada día nos lo recordaba.

Hoy nuestro mundo se reduce a la pantalla del móvil o de la tablet que tengamos. Así condenamos a los viejos a morir solos en residencias (de las que seguimos sin tener ni siquiera una ley estatal), y a los jóvenes a ser eternos adolescentes por la falta de un trabajo decente con el que realizar su propia vida.

Jesús sabía y era consciente ya en Galilea –donde los milagros y su palabra esperanzadora levantaba la admiración del pueblo-, de que su vida iba a pasar por el Huerto de los Olivos y por el Gólgota. Toda su vida la puso en manos del Padre. En Él, nosotros, en los momentos de plenitud, acogemos a los más débiles; en Él, en los de debilidad, nos sabemos acogidos por su presencia. Haz, Señor que, mirando a nuestros hermanos, reconozcamos quiénes somos y cuál es la llamada que nos haces.

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