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(Marcos 4,26-34) PARECE QUE A DIOS le gusta servirse de lo pequeño para hacer sus obras más grandes. La vida de las personas, comienza por ser una pequeña célula, insignificante, impotente, en el vientre de una mujer. Y ese pequeño embrión irá creciendo, desarrollándose hasta dar lugar a una persona con capacidad de ser libre y de amar, de ser amado y de crear.

Nos dicen los astrofísicos que el universo también comenzó por una explosión de energía inimaginable que ocupaba un espacio pequeñísimo; y que fue expandiéndose y desarrollándose hasta dar lugar al cielo estrellado que, a nosotros, nos admira en las noches de verano, y a los científicos en cada nuevo descubrimiento que hacen.

A Dios le gusta lo pequeño, lo aparentemente insignificante, para realizar su obra. Por eso le gustas tú. No son tus virtudes y capacidades lo que más ama el Padre de ti. ¡Claro que también las ama! ¡Si él mismo te las ha regalado! Pero lo que lo enamora es tu pequeñez y tu humildad, la gracia de tu espontaneidad, cuando no pretendes ser nada ante nadie, tu servicio y tu sonrisa transparentes, la belleza de tu interior.

El mundo está lleno de personas que quieren ser grandes, y que se empujan y se desplazan unas a otras. Y, como dice el refrán africano: «Cuando los elefantes se pelean quien sufre es la hierba». Semilla que se siembra en el surco del mundo, eso hemos de ser. Si es semilla de vid o de trigo, que no crece sino unos centímetros desde el suelo, darás pan y vino; si es semilla de palmera, que despide los últimos rayos de sol, darás dátiles dulces y sabrosos.
No pretendas ser ni más ni menos de lo que eres: un hijo queriendo agradecer a su Padre su bondad, dando los frutos para los que está hecho.

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