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(Hechos 2, 1-11) Un día me sorprendí al caer en la cuenta que en el libro de los Hechos de los Apóstoles no hay un solo Pentecostés, no hay una sola venida del Espíritu a la comunidad cristiana; al contrario, en varias ocasiones la comunidad cristiana se ve sorprendida por la irrupción del Espíritu de Jesucristo: cuando Pedro y Juan cuentan cómo han sufrido maltrato y vejación por el nombre de Jesús (Hch 4,31), cuando Pedro se hace consciente de que la fe cristiana es para toda persona, independientemente de su cultura o nacionalidad (Hch 10,44) y cuando Pablo impone las manos a un grupo de doce nuevos cristianos (Hch. 19,7).

Pero el primer Pentecostés, el que supone la constitución de la Iglesia, además de ser la primera venida del Espíritu y la fundación de toda la misión, es, además, un pentecostés familiar: con la Madre en medio de todos los hermanos, porque María perseveraba con los apóstoles a la espera del Espíritu.

La fe se transmite en familia, como todos los valores importantes y que configuran nuestra vida. Pero estos tiempos en los que el consumismo y la vorágine de las redes sociales parecen ocupar hasta el último rincón de nuestros pensamientos y nuestra intimidad, es más necesaria que nunca la mediación de la familia para que los niños y los jóvenes puedan participar de la inmensa riqueza de la amistad íntima con Jesucristo.

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Las familias cristianas han de ser carismáticas, es decir, abiertas a que cada persona encuentre el camino que Dios tiene para ella, por el que hará el bien y vivirá en plenitud. El Espíritu no se impone, se pide que venga a nuestro corazón y al de los nuestros y nos llene de novedad y alegría. Cuando recéis en familia, pedid siempre que el Espíritu os enseñe los modos y el camino, y que os llene con su amor.

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