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(Marcos 16, 15-20) Celebramos este domingo el día de la Ascensión del Señor. Los discípulos, después de experimentar la presencia cercana e íntima de Jesús resucitado, ven cómo se separa de ellos y va a la derecha del Padre. Esta separación produjo un vacío que les hizo orar para que Jesús les enviara su Espíritu.

Tenían la certeza de que el Señor no había ascendido al cielo para desentenderse de las inquietudes y los problemas de los pobres; sino para enviarnos su Espíritu, con el que nos va a acompañar siempre en nuestro caminar por esta vida, al encuentro definitivo con el Padre. Dios no se desentiende nunca de nuestros problemas e inquietudes. Al contrario, nos envió a su Hijo y su Espíritu para acompañarnos siempre.

Algunas veces, ante las enfermedades o dificultades grandes, nuestra fe se tambalea, y podemos tener esa sensación. Pero es una idea falsa. Dios aceptó la cruz para estar cerca de todos los que sufren, sean cuales sean sus sufrimientos. Y envía su Espíritu a la comunidad de los creyentes para que sintamos su cercanía y su fuerza, y tengamos la fortaleza necesaria para estar cerca de cada persona en la búsqueda de su propia dignidad.

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Dios tiene muchas maneras de estar a nuestro lado en nuestras dificultades. Hay momentos en los que, sin que lo esperáramos en absoluto, esas dificultades se resuelven y se solucionan, casi milagrosamente; otras, se hace cercano en nuestra oración, dándonos las fuerzas y la esperanza necesarias para seguir adelante; otras veces pone en nuestro camino a quien nos ayuda y nos echa una mano solidaria y fraterna.

Jesús nunca se desentiende de nosotros; nunca. Su cercanía nos permite vivir toda circunstancia sabiéndonos amados y creciendo en humanidad.

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