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(Juan 20,19-31) Sin sorpresa y sin misterio la vida acaba por ser una anodina sucesión de horas y días que se resumen en un “siempre lo mismo, siempre lo mismo”. La mentalidad utilitarista y objetivadora de nuestra cultura tecnológica nos empuja a vivir en la superficie de lo material; y cercena, muchas veces, nuestro encuentro con el misterio y los milagros de la vida, tan cotidianos, tan luminosos.

Las religiones reservaban la palabra “misterio” para acontecimientos únicos, en los que personas privilegiadas se encuentraban cara a cara con el poder sobrecogedor de la divinidad. Pero con Jesucristo todo cambia. El acontecimiento más misterioso e iluminador de la historia es un Niño que nace en un pesebre, un Justo que muere en una cruz, la alegría de la vida fraterna que viene del Hijo de Dios. Con Jesucristo, nos encontramos con el misterio a cada paso en nuestra vida: todo lo verdaderamente humano nos habla de Dios, y solo en Dios comprendemos la medida de nuestra propia humanidad.

La amistad, la familia, el amor de pareja, la armonía con la naturaleza, la lucha por la justicia, la solidaridad con los más pobres…, todo encuentra su verdadera profundidad en Jesucristo. Ninguna llaga de nuestra vida, ni los traumas de nuestra alma, ni las enfermedades de nuestro cuerpo, ni la soledad en la que a veces vivimos nos alejan de Él; al contrario, en Él encuentran sentido y sanación. Toda la alegría que experimentamos en Él se convierte en experiencia de la profundidad del misterio de amor que Dios mismo es.

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No dejes de dejarte sorprender por la presencia de Cristo vivo y cercano en tu vida. No dejes de vivir en la sorpresa del Misterio del Amor que se hace cotidiano.

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