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(Marcos 1,21-28) HAY MUCHOS relatos en los evangelios que nos narran cómo Jesús expulsaba a los demonios que tenían esclavizadas a personas sencillas de las aldeas de Galilea. “Los curaba de sus enfermedades y expulsaba a espíritus inmundos”, resume a veces el Evangelio.

El mal en nuestra vida es una evidencia, vivimos sufrimiento y dolor. Unas veces ese mal es físico: una enfermedad o pobreza que destruye; otras veces el mal es moral, cuando hacemos a las claras algo que hace daño, que perjudica a algún hermano o a nosotros mismos; pero otras veces el mal se esconde, se camufla, como si intentara pasar desapercibido para seguir maleando las relaciones y las situaciones de las personas. Ese mal aprovecha nuestras heridas emocionales, nuestros traumas y nuestras obsesiones para hacerse fuerte. Se esconde en las estructuras de las instituciones –incluso eclesiales-, para que personas que pretenden ser buenas acaben a su servicio.

Queriendo nosotros defender una causa buena, el mal nos engaña y nos incita a odiar, nos señala un chivo expiatorio al que culpar de todo para desahogar nuestra frustración. Queriendo actuar simplemente con dignidad en nuestra vida, ese mal nos engaña y nos hace comportarnos de manera orgullosa, despectiva, hiriente hacia quien nos rodea. Sin querer marginar a nadie, el mal nos engaña y acabamos despreciando a los que más necesitan de nuestra ayuda. Sin pretender grandes riquezas, el mal nos engaña y nos dice que sólo el dinero tiene la solución para todos los problemas…

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En la Biblia se nombra al demonio como el Engañador. Hemos de estar alerta para no caer en sus engaños, que hacen pasar el mal por bien, que nos impiden vivir como hijos, como hermanos.

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