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Continuamos con nuestro relato sobre los primeros pasos del cinematógrafo en Dos-Hermanas con el escrito que en julio de 1911 presentó ante el consistorio Jerónimo Blanco, como representante de Eduardo Pinillos. En dicho escrito interesaba que «habiéndosele concedido autorización para instalar un cinematógrafo público en sesión del día 28 de abril próximo pasado desde el día 18 de junio empezó a funcionar con arreglo a las condiciones impuestas, habiendo celebrado y contraído compromisos con la casa Llorens de Sevilla para la instalación de aparatos, arriendo de películas, servicio de personal técnico y otros particulares, así como con la Compañía Sevillana de Electricidad realizando todos los gastos necesarios para la implantación del negocio, viéndose sorprendido el exponente al recibir una comunicación de la Alcaldía en la que se le dice con fecha nueve del corriente [julio]: «En vista de lo ocurrido la noche anterior durante la exhibición de los cuadros cinematográficos en la plaza de la Constitución, que pudo haber ocasionado graves consecuencias dando lugar a conflicto de orden público, he dispuesto que desde esta fecha queden suspendidos estos espectáculos en la vía pública en evitación de males mayores».

Alega el exponente que en sitio distinto de la casa del concesionario cuestionaron varios jóvenes sin que pasara de un altercado, que el hecho ocasionó alarma en el público, pero es inevitable y termina suplicando que se deje sin efecto el acuerdo de la Alcaldía, dándose cuenta a la Corporación Municipal y ejecutar el acuerdo ordenado que continúen las exhibiciones cinematográficas en la forma y condiciones de la primitiva concesión».

Concluida la lectura del escrito, el alcalde Federico Caro dijo que había dado cuenta de estas solicitudes «solo por deferencias al mismo [se refiere al cabildo], puesto que la autorización de estos espectáculos es de su exclusiva competencia por necesitarse la autorización gubernativa y que no admite discusión sobre estos extremos». Tal actitud de Caro provocó la protesta del integrista Ricardo Díaz, quien afirmó que «no puede llamarse alteración de orden público a una ligera y vulgar riña ocurrida en sitio diferente a donde se celebraba el espectáculo y no haber sido el motivo de ella nada que tenga relación con el mismo y sí únicamente por efecto de la bebida». Por tanto, pedía la revocación de la suspensión ordenada por el alcalde, quien replicó manifestando que «cuando ocurrió el alboroto en la plaza se produjeron gritos subversivos, los cuales hubiera castigado entregándolos al Juzgado correspondiente si se pudiera haber comprobado quiénes fueran los autores», y terminó tajantemente diciendo que «no admite más discusión sobre este asunto por ser de su exclusiva competencia». Sin embargo, tales palabras no evitaron las protestas del resto de concejales conservadores (Fernández, Hidalgo Oliva y Gómez Martín), que se unieron a las manifestaciones del integrista Ricardo Díaz.

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La actitud del alcalde es comprensible y hay que entenderla dentro del contexto, pues el ambiente continuaba crispado en la villa después del polémico mitin republicano y la huelga de las operarias de la fábrica de yute del año anterior.

En cualquier caso, el asunto no quedó ahí, pues en la sesión de 28 de julio, el concejal Díaz volvió a mostrar su malestar por el hecho de que se «haya prohibido un espectáculo culto y recreativo como era el cinematógrafo» Es de notar la importancia que se le estaba dando ya al cine. El alcalde, por su parte, hizo caso omiso a esta manifestación.

Competencia del alcalde

Dos años más tarde, el concejal Francisco Aguilar dijo que «en el Arenal existe un cinematógrafo y como no se ha presentado solicitud para que entienda el Ayuntamiento, entiende ha debido hacerse así por cuanto el asunto no es de la exclusiva competencia del Alcalde, sino del Ayuntamiento». El alcalde Caro Lázaro respondió que hacía unos días le presentaron la solicitud y autorizó el espectáculo, pues era asunto de su competencia. Por su parte, el concejal Hidalgo Oliva declaró que ese asunto competía al Ayuntamiento, mientras que Aguilar sostenía que el tema de espectáculos pertenecía al ámbito de actuación de la Comisión de Feria y Festejos, que para eso estaba. Al final no quedó claro a los capitulares a quién le correspondía dar la autorización.

Andado el tiempo, en sesión de 12 de junio de 1914, Trinidad Guillén Román y Antonio Quintano Alcoba volvieron a pedir autorización para instalar un cinematógrafo gratuito en el paseo de Federico Caro para así proporcionar «al pueblo solaz y esparcimiento en las calurosas noches del estío». Del mismo modo pedían que se les adjudicase sitio para instalarlo. El concejal Jiménez López afirmó que le parecía bien que se instalase un cinematógrafo, pero se debía advertir que no pusieran «tapamentos por ningún lado que puedan molestar a los demás industriales». Por su parte, el nuevo alcalde Francisco Hidalgo Oliva dijo que había hablado con los solicitantes sobre ese tema, y se acordó que la solicitud pasase a la comisión competente que, en unión con el maestro alarife titular, buscarían un lugar idóneo para la instalación del cinematógrafo.

Las últimas licencias pedidas por particulares se concederían en 1918. En junio de ese año, los propietarios de bares del paseo de Federico Caro habían contratado un cinematógrafo para animar las veladas veraniegas. Y a principios de ese 1918 se inauguraría en Dos-Hermanas el primer local dedicado en exclusiva al cine, pero de ello hablaremos en otra ocasión.

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