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(Marcos 25,31-46) NO HAY QUE esperar al final de los tiempos; ni confiar solo a la providencia el fin de la injusticia y de la carencia de lo necesario. Dios mismo envió a su Hijo al mundo para que fuera semilla de nueva humanidad; y el Hijo nos envía a nosotros con su misma misión. El reino de Dios, reino de paz y de justicia, ya está entre nosotros; y de nosotros depende el impulsarlo y hacerlo crecer. La providencia, casi siempre, tiene nombre y apellidos.

La vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentro –dice el Papa Francisco-. Un tiempo de encuentros sanantes, solidarios, como los que señala el evangelio del domingo. La visita o la llamada de teléfono al vecino enfermo, sana a los dos que se encuentran. La acción solidaria del grupo de Cáritas es fuente de alegría para los pobres y para la propia comunidad cristiana. Acoger al que viene de lejos y está solo, es agrandar con ternura la propia familia. El mundo nuevo se hace desde el encuentro.

Nuestras pequeñas acciones de ternura fraternal son algo más que un bello gesto; son acciones eficaces en la construcción del reino que el Padre sueña para nosotros. Objetivo tan grande como “la integración cultural, económica y política con los pueblos cercanos debería estar acompañada por un proceso educativo que promueva el valor del amor al vecino, primer ejercicio indispensable para lograr una sana integración universal” (Fratelli Tutti, 151).

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Tu compromiso sencillo con la vida, el cuidado tierno con quien vive en sufrimiento y debilidad, son acciones que impulsan el reino en el que Dios quiere que vivamos. El orgullo y la soberbia desaparecerán, pero ni un solo gesto de amor solidario quedará sin atención ni recompensa; todos y cada uno de ellos serán eternos.

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