Estás invitado

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(Mateo, 22, 1-14) De los satisfechos, líbranos Señor. De esa actitud de autosuficiencia y falsa seguridad que nos aísla de todos, nos hace sentirnos superiores, o nos encierra en la tristeza de la pantalla del móvil, líbranos Señor. El Reino de Dios es de quien, con humildad, se sabe necesitado de Dios y de los demás, de los que se consienten ser vulnerables y falibles, de los que no se ocultan su propio pecado con la certeza de que hay Alguien que los abraza en su debilidad.

El Reino de Dios se parece, nos dice Jesús el próximo domingo, a una fiesta en la que los invitados, llenos de ilusión por la invitación que les han hecho, corren a sus casas a quitarse las ropas de trabajo y a ponerse la ropa de los días de fiesta. Y a la hora convenida van reuniéndose con ganas de cantar, de bailar, de comer juntos, de gastarse bromas y reírse abrazados. Todos alegres por ser invitados por el primogénito del rey de la vida.

Hay quienes no aceptan la invitación; ya tienen bastante comida y bebida en su nevera; o no quieren juntarse con personas de más baja condición social; o la pantalla de su móvil los tiene enganchados por las pupilas; o esperan llegar a ser perfectos esforzándose mucho y llegar impecables a un lugar preferente a ese banquete… Muchas son las razones para no ir, y sólo una para acoger la vida: estar vivo.

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A los jóvenes y a los viejos, a las familias y a los que vivimos solos, a los enfermos y a los sanos, a los que llegasteis de lejos y a los que nacimos aquí…, a todos nos llega la invitación de Jesucristo de dejar nuestras rutinas y llenarnos con la alegría de creer, y tener la certeza, de que Dios Padre nos quiere y nos propone caminos para vivir como hijos suyos y hermanos unos de otros. ¡Venga! ¡A ponernos el traje de fiesta!

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