Humanizando el mundo

Mateo 21, 33-43

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DIOS NO HIZO el mundo en seis días y al séptimo descansó; y nos dejó a las personas la tarea de humanizarlo, de hacer de una naturaleza a veces salvaje y amenazadora un hogar para todos. Todo nuestro trabajo ha de tener ese objetivo.

El carpintero que hace sillas y mesas, hace de nuestro mundo un hogar más humano; el agricultor que siembra y recoge el trigo, junto con el panadero que prepara el pan, hacen de este mundo un hogar en el que todos tengan el alimento necesario; el poeta que canta al amor y al dolor, el artista que desnuda los interrogantes de nuestra alma…; todos hacemos más humano nuestro mundo. Tú también cuidando las plantas, atendiendo a tus niños, transportando mercancías o gestionando papeles en la oficina. Nuestro trabajo es así una misión, un hermoso encargo.

Pero a veces, en vez de tener ese horizonte en nuestra actividad cotidiana, nos volvemos competitivos y egoístas, trabajamos por acaparar y acumular, por vencer al otro. Entonces nuestro día a día es agotador y sin sentido, ni conocemos el descanso, ni nos sentimos impulsados a trabajar alentados por la vida. En vez de recrear el mundo, nuestro trabajo es muchas veces homicidio: destruimos la naturaleza como si no hubiera mañana, explotamos a las personas como si no fueran nuestros hermanos, negamos con nuestras obras que este mundo pertenece a Dios y que nos lo ha encargado para que vivamos felices en él.

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El Papa Francisco ha consagrado este mes como el tiempo de la creación y es buen momento para revisar si nuestro estilo de vida está cuidando y recreando el mundo, o si estamos asesinando la naturaleza y el presente y futuro de nuestros hermanos.

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