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La calle Rivas

Callejero histórico.

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En los años finales del siglo XVI, en la zona conocida como el ‘Barrio Alto’, y muy poco antes de que surgiese la cercana calle de los Alcobas, hizo su aparición esta histórica calle, que pronto tomaría el nombre de Rivas, por tener en ella propiedades algunos miembros de esta familia. Según cuenta el presbítero don Leandro José de Flores en su adicional a las Memorias históricas de Alcalá de Guadaíra, esta calle sería, junto a Alcoba y San Alberto, una de las más antiguas vías de esta población, recibiendo el nombre de Cruz de Rivas.

Sin embargo, esta aseveración del clérigo alcalareño no coincide con lo que la documentación de la época nos transmite. De hecho, la primera mención documentada que se hace de esta calle no va más allá de la década de 1590, y se encuentra en una escritura pública otorgada por el canónigo don Diego Godo Mexía (pieza clave en la vida económica y religiosa de nuestra entonces villa) el 25 de septiembre de 1595.

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Mediante dicho documento notarial, el sacerdote sevillano entregó a renta o censo a Alonso Muñoz, arriero vecino de Dos-Hermanas, unas casas cubiertas de paja que poseía en la calle de los Rivas. Y no debemos olvidar que la calle más antigua de Dos-Hermanas es la actual Nuestra Señora de Valme, la popular calle Real o Real de Sevilla, como ya hemos tenido ocasión de ver en un artículo anterior.

En cualquier caso, la calle Rivas aparece por vez primera en un padrón en 1631, concretamente en el famoso y conocido padrón de vecinos confeccionado en ese año con motivo de la venta de Dos-Hermanas al Duque de Alcalá de los Gazules. En ese momento contaba ya con treinta y seis casas y 169 vecinos (algunos de ellos, caso de Nereo de Rivas, pertenecían a la destacada familia hidalga de los Rivas, oriunda de la ciudad de Granada y que tanta importancia tendría en la Dos-Hermanas del Siglo de las Luces).

¿Qué nombres tuvo?
Curiosamente, esta calle, a diferencia de las demás de su entorno más cercano (salvo la calle Alcoba), no ha cambiado de manera oficial su denominación en toda su historia. En un principio, se denominó calle de los Rivas, hasta que en 1900 se optó por eliminar aquel “de los”, para quedar, simplemente, calle Rivas. Según se reseña en el acta de la sesión de 1º de febrero de 1906, el nombre de esta vía “recuerda a un personaje que hizo mucho bien a este pueblo, debiéndose a su piedad y esplendidez la magnífica Custodia que saca en la procesión del Corpus”. Aunque no se cita el nombre del personaje, se está refiriendo claramente al presbítero don Francisco José de Rivas (1689-1760), si bien es cierto que la calle ya tenía esta denominación desde mucho antes de que naciese el citado clérigo nazareno. De todas formas, en aquel año de 1906 hubo un intento de cambiar la tradicional denominación de esta vía. Así, el consistorio acordó bautizarla con el nombre de Alpériz Bustamante, en recuerdo de Manuel Alpériz, dueño de la fábrica de tejidos de yute, fallecido en enero de ese mismo año. Pero ese acuerdo quedó en papel mojado y, finalmente, no se consumó el cambio.

Volverá a aparecer esta vía en los distintos padrones de alcabalas que se realizaron a lo largo del XVII, y, por supuesto, en el también célebre Catastro del Marqués de la Ensenada (1761). En este último registro se aprecia un descenso en el número de casas. En ese momento tan sólo existían veintisiete viviendas (siete de ellas con dos plantas) y tres hornos, uno de los cuales estaba en desuso. Algunos de esos hornos continuaban en funcionamiento en tiempos de la Guerra de la Independencia (1808-1814), estando en manos de Francisco Martín de Estrada y Juan Márquez.

Por otra parte, a principios del siglo XIX, sabemos que en la casa de José Fornet, ubicada en esta vía, se encontraba uno de los tres puestos públicos donde se vendía la sal en Dos-Hermanas. Y según el padrón de la contribución de 1819, la calle Rivas poseía un total de treinta y cuatro casas. En una de ellas, por cierto, tenía su negocio de paños y otros géneros de textiles José Claro y en otra Antonia Granados vendía aceite y aceitunas. También poseía una vivienda en esta calle el ‘todopoderoso’ Agustín Varela, varias veces alcalde constitucional de la villa.

En ella residían hasta tres familias, siendo el precedente de lo que a finales de esa centuria se conocería como ‘casa o corral de vecinos’. A modo de curiosidad, al final de esta vía, en una casa propiedad de Juan Pérez Barrios, vivía Pedro García, conocido en el pueblo con el curioso mote de ‘Gigante’, apelativo que le sería dado, como es evidente, por su enorme estatura.

Ya finalizando el siglo XIX, por el padrón parroquial de 1892 sabemos que en esta vía residían setenta y siete vecinos (o cabezas de familia) y 286 habitantes. Por esas fechas, apenas quedaban negocios en ella. Asimismo, en los primeros años de la siguiente centuria, bajo el mandato del alcalde conservador-católico Fernando Muñoz, hubo un intento por parte del Ayuntamiento de ‘enderezar’ las líneas de fachadas de las casas de la calle Rivas, tal y como se refleja en el plano confeccionado por Álvarez Benavides en 1902 y que acompaña a este artículo.

No obstante, los continuos vaivenes políticos que sufrió el consistorio en el inicio del siglo XX hicieron que no se llevara a cabo dicho proyecto. En cambio, sí llegó a buen puerto la idea de ubicar en esta vía la escuela de párvulos, concretamente en la casa propiedad de Francisca Troncoso Sales, lo cual tuvo lugar en 1916. Por esas fechas, la calle estaba sin adoquinar y las autoridades locales no prestaban demasiado interés por solucionar esa situación.

Hoy en día, en la calle Rivas podemos encontrar algunos ejemplos de casas de corte tradicional, construidas en la primera mitad del siglo XX, verdaderos vestigios del modesto pasado de nuestra localidad, cuando aún era un humilde pueblo.

Vecinos destacados
De todos los vecinos que han residido en esta histórica calle a lo largo de los siglos destacaremos tres. El primero de ellos es don Pedro Vázquez Rubio, capitán de infantería, que ocupó numerosos cargos en el concejo de la villa (provincial de la Santa Hermandad, depositario del pósito, alférez mayor, alcalde ordinario y juez de alcabalas). El segundo sería Álvaro Pareja y Pareja (1845-1877), destacado secretario municipal, que entabló amistad con numerosas personalidades de su época, entre ellos el escritor José Lamarque de Novoa (ya en su momento analizamos parte de su correspondencia, custodiada en el archivo municipal de nuestra ciudad) y el diputado conservador Lorenzo Domínguez Pascual. El último vecino que destacaremos es el banderillero José Moyano Fernández, apodado ‘el Rubio’ que residió en el n.º 35 entre 1909 y 1918. Perteneció a las cuadrillas de Manuel Nieto ‘Gorete’, de Miguel Báez Quintero ‘el Litri’ y de Antonio Reverte, entre otros. Según dijo uno de sus biógrafos, de Moyano “llamaba grande la atención su seguridad y precisión bregando y su finura al parear, andando a los toros y metiéndoles los brazos con elegancia”. Se cortó la coleta en nuestra localidad a mediados de 1915, impulsando en sus últimos años la creación de una sociedad filantrópica taurina que amparara a aquellos banderilleros y picadores que, por edad o accidente, no tenían medios para subsistir.

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