Madre Ana María Domínguez, Carmelita Descalza

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La fecha de viernes 11 de diciembre de 2015 quedará enmarcada en la memoria de Dos Hermanas, como el día en que una de sus hijas más queridas de este pueblo: Ana María Domínguez, Carmelita Descalza del Monasterio de San José de aquí de Dos Hermanas, se nos marchó a la casa del Padre… “Se nos fue sin hacer ruido, sin querer molestar” -dijo el P. Carmelita Fray Juan Dobado que oficiaba la Santa Misa concelebrada en su funeral. Visiblemente emocionado, en su homilía sobre la Misericordia nos hizo presente la dulzura teresiana de la Madre Ana María, diciéndonos que: “era un espíritu de una delicadeza tan exquisita, de una sonrisa tan amplia… ella se desvivía por todas sus hermanas”…

Los que conocieron de cerca a Ana María, hablan de ella diciendo que poseyó siempre un espíritu acendrado con una vocación cristiana volcada en la caridad, al servicio de sus hermanos, de ahí su inclinación en un primer momento al carisma de las Hermanas de la Cruz. Su entrega y fidelidad a la Iglesia lo muestra en su ofrecimiento a todas aquellas labores que, compatibilizando con el cuidado de sus padres (era hija única) y su trabajo, en la enseñanza de la escuela particular de Dña. Lola (en la C/ El Lejío); llega a impartir clases de catequesis, reparte la hoja parroquial, y hacer también esas labores de caridad –que hoy ha puesto tan de moda el Papa Francisco: de visitar las periferias… Ella, ya realizaba todo esto hace más de medio siglo, visitando de la mano del santo sacerdote D. José Ruíz Mantero, las periferias del Cerro Blanco.

Ana María llevaba siempre su corazón abrazado con el fuego de la vocación religiosa; si en un primer momento, dado por los servicios de caridad que realizaba se fijó en las Hermanas de la Cruz, ella ya hacía tiempo que había descubierto su vocación al Carmelo… Sí, ella en esas labores de caridad que realizaba, había descubierto al Cristo llagado que descubrió Santa Teresa de Jesús, y al mismo tiempo también llegó a caer en la cuenta de que, la oración es un trato de amistad, de estar mucho tiempo a sola con quien sabemos que nos ama…

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Y es que el espíritu de Santa Teresa de Jesús ya la había seducido… Igual que también llegó a seducir a la que fuera la fundadora de las hermanas de la Caridad, a Santa Ángela de la Cruz, pues ella también había deseado ser Carmelita Descalza llamando a las puertas de un Convento Carmelita.
Fue ese espíritu de tanta delicadeza de amor, que a raudales llenaba su alma cuidando a sus padres el que le impedía ingresar en el Convento. Muertos sus padres ingresó en el Carmen. Hoy, de nuevo ya está con ellos.

Su padre murió de leucemia. Ella siguió junto a su madre. Fue cuando murió, cuando se quedó sin padre y madre cuando entró en el Carmelo.
Verla en este día de su sepelio, allí, tras las rejas, en su palomarcico de cuerpo presente, dormida, ocupando el centro de todas sus queridas hermanas cubiertas todas con sus capas blancas, vestidas de gala, preparadas para celebrar la fiesta de las Bodas de este dulce Encuentro.
Como si en un momento el tiempo se hubiera parado, siento algo así, como si el cielo se hubiera abierto sobre nuestras cabezas, todos nos hemos vistos envueltos en luz… El resplandor de las lámparas encendidas de la capilla, las velas del altar, la lucecilla roja chispeante del Sagrario que, como latidos, quiere hacerse notar el Corazón del Santísimo…

Las blancas capas de las Madres Carmelitas… Las entonaciones de esos dulces cantos acompañados con los acordes del órgano… Todos quedamos envueltos en las melódicas voces que las Madres entonan en la celebración de estas Bodas de la Hermana Ana María revestidas de eternidad… Las dulces entonaciones junto a los acordes de los himnos Cerca de ti y el Encuentro Se hacen sentir…

Ya, cuando todo el cortejo, atravesando las puertas del Monasterio, nos introducimos en un camino que nos lleva a un huerto de olivos… vamos abriéndonos paso llevando sobre nuestros hombros el cuerpo de Madre Ana María, precedidos -como si de una procesión se tratase- por las filas de las Madres Carmelitas que, con instrumentos musicales elevan sus voces a un cielo azul en este atardecer, que quizás por las brumas perceptibles en el horizonte, denotan un sabor a eternidad. Es en ese momento cuando suena el dulce canto de Vísperas, tan propio para el atardecer, tan propio para este día… Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos… Él es nuestra salvación, nuestra gloria para siempre… Si con Él morimos, viviremos con Él… Acuérdate de Jesucristo, resucitado…

Todos nos hemos parados, ya cesan las últimas notas del Acuérdate –no sin un dejo de lastimosidad… Hemos traído el cuerpo de Ana María a un huerto de olivos -como a Jesús- también tenemos delante una piedra que de forma provisional cubrirá su cuerpo, como a Jesús… Se ha hecho un silencio, roto por el P. Fray Juan Dobado con sus oraciones por el alma de Ana María, para que sea recibida en los brazos del Señor…
¡Pero el alma de Ana María ha escalado los Cielos para desde allí poder ayudar abrir las Puertas del Año de la Misericordia del Señor para que la gracia y el perdón alcancen a todos!

Ana María… ¡Ruega por nosotros!.

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