Impunidad, no; perdón

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(Mateo 5,38-48) El que te odia sólo puede decir que te ha vencido si ha conseguido que lo odies.

Muchas veces tenemos que afrontar a personas que nos han hecho daño. Nos sentimos insultados, que no habían respetado nuestra dignidad, y que lo hicieron conscientemente, para hacernos daño. Tenemos, además, que pagar las consecuencias de aquella injusticia, de aquel acto inicuo, quizás años.

Por eso, tenemos todo el derecho del mundo para odiar a quien tanto daño nos hizo. Tenemos derecho, sí; pero no debemos hacerlo. Porque el odio y el rencor, el afán de venganza y de responder con la misma moneda, dan cabida en lo más íntimo de nosotros aquel acto miserable, aquella palabra-puñal.  

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“La oscuridad no puede deshacer la oscuridad; únicamente la luz puede hacerlo. El odio nunca puede terminar el odio; únicamente el amor puede hacerlo”, decía Martin Luther King. Sólo el amor puede construir el futuro. La violencia sólo destruye, también la violencia justificada. La revancha sólo destruye sobre la destrucción. Sólo el amor tiene la capacidad de sembrar semillas de las que pueden brotar árboles que den sombra y frutos y frescor.

Hasta la lucha social contra las injusticias, para que sea verdadera senda de un futuro más humano, hemos de hacerla con amor. Con amor a los que sufren, para que dejen de sufrir, con perdón a los que explotan para que palpemos que el futuro está siempre abierto. Pero perdón no significa impunidad, porque sólo asumiendo las consecuencias de nuestros actos aprendemos a ser personas.

 

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