Sutileza dolorosa

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1101AMOR

Michael Haneke es uno de esos directores, de un grupo reducido, que te sorprende con cada nueva película que crea. Es un director duro, que no se anda con medias tintas, que no se esconde y que muestra las cosas con la crudeza que realmente tiene. Aunque Amor es su película más tierna, hay que entender que esa ternura no es tal por venir de quien viene.

{xtypo_code}Austria-Francia-Alemania, 2012 (127′)
Título original: Amour.
Escrita y dirigida por: Michael Haneke.
Producción: Margaret Ménégoz.
Fotografía: Darius Khondji.
Montaje: Nadine Muse, Monika Willi.
Intérpretes: Jean-Louis Trintignan (Georges), Emmanuelle Riva (Anne), Isabelle Huppert (Eva), Alexandre Tharaud (Alexandre), William Shimell (Geoff), Ramón Agirre (Portero), Rita Blanco (Mujer del portero), Carole Franck (Enfermera 1), Dinara Drukarova (Enfermera 2).{/xtypo_code}

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La película ganó la Palma de Oro en Cannes, el Globo de Oro el pasado domingo, cuatro premios de la Academia de Cine Europeo, numerosas asociaciones de críticos la han elegido como la mejor cinta del año, está nominada (en varias categorías) a los Bafta y a los Oscar, e inevitablemente se te queda en la retina por la contundente simplicidad con la que está realizada y por la inmensa fuerza que transmite su historia.
Amor nos presenta a un matrimonio de ancianos, Georges y Anne, ya anclado en la ochentena, cultos, apasionados de la música, que vive feliz en su apartamento parisino, hasta que la enfermedad se ceba con ella. Entonces su cuerpo y su mente van degradándose irremediable e inexorablemente, van hundiendose en el olvido, y él se tiene que dedicar por completo a ella, a su amada balbuceante postrada en la cama.
La película comienza por el final, con un grupo de bomberos echando abajo la puerta del apartamento y encontrando el cadáver de la mujer en la cama, rodeado de flores. Haneke es suficientemente inteligente de mostrarnos la conclusión de la historia, para que nos centremos en él, y nos preocupemos en lo verdaderamente importante, el desarrollo, el lento y doloroso proceso, las frases a medias, los gestos, las miradas, el sufrimiento que lleva a tal desenlace.
Su simplicidad desarma. Alejada, aunque no tanto como podría parecer, de las anteriores cintas del realizador austríaco, al que muchos trataban de violento y sádico, Amor no trata de engañar, no cae en sutilezas y sentimentalismos en los que cualquier otro se hubiera regodeado. Y sin embargo, te deja una huella que es difícil de que se vaya en mucho tiempo.
Casi toda la historia transcurre en el único escenario del piso que habitan los protagonistas. Unos soberbios Jean-Louis Trintignan y Emmanuelle Riva, que dotan de emoción y ternura a unos personajes que ya te acompañarán por mucho tiempo.
Amor es una película fantástica, soberbia. A pesar de que muestra lo que muchos no quieren ver, el inevitable ocaso, la decrepitud y el dolor que terminará por llegar algún día. Hay una escena significativa, que refleja el olvido de la protagonista: observando un viejo album de fotos, colección de los recuerdos de toda una vida, hay imágenes que permanecen donde se pegaron, otras se han caído y están movidas, otras, en cambio, ya no están, ya se han perdido para siempre. Haneke ha sido sutil, sí, más que nunca. Pero sigue siendo el gran maestro del cine que ya ha demostrado en otras muchas ocasiones.

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