Nuestra debilidad

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(Marcos 6,1-6) LA IGLESIA es nuestra fuerza y nuestra debilidad. Por ella hemos recibido el don de las Bienaventuranzas, el don inmenso del relato de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. A través de ella recibimos el perdón de Dios y el pan de la Eucaristía; a través de ella la experiencia de fe de los cristianos ha ido madurando y aquilatándose en los avatares de la historia. Ella nos ofrece unos testimonios de fidelidad al Evangelio tan lúcidos y preclaros que son capaces de mover montañas. Antes de ayer escuchaba una entrevista a un obispo africano, de origen español, que podía conmover a la persona más distante. Su nombre es Juan José Aguirre.

Pero también nuestra debilidad es la Iglesia. Instituciones eclesiales colaborando con “la política del ladrillo”; sacerdotes concretos faltando gravemente a la dignidad de nuestro ministerio, llegando a comportamientos infames; prácticas pastorales que usan la manipulación y el poder del dinero; escándalos de intrigas y conspiraciones vaticanas; lejanía, por parte de las comunidades cristianas, de los más pobres, y olvido de una espiritualidad que sea vida de la persona… ¿Para qué seguir? Es como si tuviéramos clavado un aguijón en la carne de nuestro cuerpo eclesial. Es como si pudieran recordarnos, constantemente, las raíces vulgares y pecaminosas de nuestra estirpe. Es como si pudieran decirnos que somos “pueblo rebelde”, “hijos obstinados” que no nos merecemos tener como padre al Dios de la Vida y como hermano a Jesucristo.

Todo esto es verdad. Las dos realidades están ahí. También tus virtudes y tus cobardías iluminan y ensombrecen a la Iglesia. Pero desde nuestra ambigüedad, desde nuestro “si y no” cotidiano podemos ofrecer la luz que la fe tiene para la humanidad. Jesucristo es nuestra esperanza. Jesucristo es esperanza de toda la humanidad. En medio de nuestra debilidad escuchamos, una vez y otra: “Te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad”.

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