El Signo de la Liberación

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(Juan 10, 11-18) HE TENIDO el privilegio de contemplar cómo hombres y mujeres del pueblo aprendían a leer en las páginas de la Biblia. Y cómo iban tomando conciencia, a través de la Palabra de Dios, de su propia historia, y del valor de su palabra y de su vida.

He tenido el privilegio de contemplar cómo los más pobres y sencillos se convertían en protagonistas de la evangelización de la comunidad cristiana, y en agentes de promoción humana de los suyos.

He tenido el privilegio de contemplar cómo los cristianos de siempre sentían rejuvenecer su fe ante la experiencia renovada de la salvación de Jesucristo por parte de quien más había sufrido, de quien más marginado había estado, de quien menos se esperaba que podía ser signo de resurrección…

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Los sacerdotes somos, muchas veces, testigos privilegiados de la resurrección de Cristo; que sigue contagiando vida, insuflando vida a los más pobres; que sigue rescatándonos, él personalmente, de los infiernos de nuestra falta de amor y de nuestra propia mediocridad.

Jesús, encarnado en los cristianos sencillos y, muchas veces, en los más pobres, sigue enfrentándose con los siete pecados capitales de nuestro tiempo: el desprecio, la indiferencia, la manipulación, la cobardía, el egoísmo, la violencia y la tibieza. Hoy, como en los comienzos, sigue diciendo: “No tengo oro ni plata, pero el amor que tengo te lo doy: ¡Levántate y vive!”.

Aunque parezca mentira estas cosas pasan en el seno de nuestra iglesia. Yo soy testigo de ello; muchos de vosotros también. Tú también tienes mucho de qué dar testimonio.

 

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