Oración de padre

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(Lc 1, 39-45)

¡Gracias, Señor, por el hijo que me has dado! Cuando lo miro, todo el resto del mundo se me olvida. Una sonrisa mientras duerme, un simple movimiento de sus bracitos, hasta el llanto entrecortado buscando el pezón de su madre: todo me deja en paz profunda, sin que me acuerde de nada.

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No nos dejes de Tu mano, no nos abandones. Una mujer recién parida y un niño recién nacido en una pobre y sucia estancia, sin conocer a nadie en este país, ¿cómo saldremos adelante sin tu ayuda? Pero yo no desconfiaré más de Ti. Todas mis dudas y mis angustias se las ha llevado el llanto de este niño.

¡Qué tonto he sido, Señor, por no confiar en tu palabra! ¡Cuántas tardes amargas! ¡Cuántas noches en vela! ¡Cuánto malestar sin querer que nadie lo notara! Pero ahora ya se que quien en Ti confía nunca se ve defraudado.

Ayúdame a encontrar un techo digno para los míos; ayúdame a traer a casa el pan de cada día; ayúdame a saber mostrar siempre el cariño que hay en mi pecho. En Ti confío, Señor. Tú eres grande y misericordioso.

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